Che Guevara y Salvador Allende, ejemplos de dignidad

 

Salvador Allende asesinado en septiembre del 73, rechazó el desalojo de la sede presidencial, así como su salida del país ante el ataque combinado de militares y la CIA. El Che Guevara asesinado en octubre del 67, resistió a la idea de permanecer en cargos ejecutivos del Gobierno revolucionario que había ayudado a establecer, para sumarse a los esfuerzos de otros pueblos por construir un verdadero socialismo.

 
Oscar Amaury Ardila Guevara
 
Abogado, colaborador Semanario Virtual Caja de Herramientas
 
 

En América Latina desde hace siglos, muchos han sido los gloriosos hombres y mujeres que ofrendaron su sacrificio en nombre de las causas sociales, convencidos en la justeza de sus nobles ideales. Líderes indígenas, afrodescendientes, campesinos, obreros, estudiantes, entre otros, mantuvieron inflexibles sus principios ante la barbarie, amarrados al compromiso férreo y decidido por encontrar nuevas formas de construcción de sociedad, a pesar de los riesgos que implicaba e implica enfrentarse al establecimiento de privilegios de los poderosos; desde los más destacados dirigentes hasta los más humildes representantes comunitarios, se cuentan por millares en esta insalvable lucha de clases, ejemplos de dignidad. Entre ellos, no deja de sorprender al mundo dos nombres de excepcional grandeza: Ernesto Guevara de la Serna y Salvador Allende Gossens. Cada tanto, cuando los nefastos hechos políticos reinciden en este patio trasero del imperio, reaparecen sus icónicas figuras en la memoria colectiva, para ofrecer una explicación a las situaciones sociales confusas que en estos horizontes van apareciendo. Las dos dignidades en este escrito enaltecidas jugaron un rol determinante en cada uno de los escenarios donde decidieron ser soldados de los pueblos: El médico Guevara, de espíritu aventurero y magnética imagen, se hizo ciudadano en más de dos países inscripto en legajos como en corazones, con su apuesta integral por la construcción del socialismo mediante el derrocamiento del sistema, centralizando en fuerzas de resistencia las poblaciones oprimidas. El médico Allende, de porte ejecutivo y formalista de las leyes, se dedicó a convencer que la vía al socialismo en Chile pasaba por participar indeclinablemente en las contiendas de los procesos electorales que su país estipulaba. Los dos, desde sus experiencias de vida, al final no tuvieron más opción que enfrentar al poderoso monstruo, inspirados en que lo que hacían era parte de la tarea de los transformadores, de lo imprescindible.

En los dos casos, su muerte fue producto de planes cuidadosamente elaborados para sacar de la vida política de los pueblos, a símbolos que representaron alternativas distintas al sistema capitalista. Las burguesías nacionales y las alienadas franjas vendidas con fáciles prerrogativas, hoy día siguen posándose obedientes a las órdenes imperiales de los EE. UU., para asegurar la pervivencia del mercado y la competencia, como el depurado dios de las economías internacionales. En este escenario, en Latinoamérica se ha venido presentando como maniobra y salida a los problemas de las sociedades, la búsqueda de victorias locales, regionales y nacionales en el campo de la ley y el orden; La ensalzada figura de la democracia representativa (elecciones), que periódicamente va retocándose para nombrar los gobernantes de turno, ha circunscrito la participación política a un ejercicio meramente formal de hacerse contar, soportados en los acápites constitucionales e invocando el manoseado concepto de libertad; ese que hace agua dentro de estas sociedades desiguales. Claro es, que el sistema de clases delineado para el aseguramiento de castas y la selección de emergentes individuos permitirá hasta cierto punto una representación distinta a sus valores y postulados, a como ellos conciben el mundo y la sociedad. Siempre queda algo por completar y los vaivenes de los resultados de las contiendas electorales se mecen entre alegrías temporales y anheladas esperanzas de cambios. El idealista presidente Allende animado por su plan de transición del capitalismo al socialismo vía parlamentaria, imaginaba posible la nacionalización de las áreas importantes de la economía, salarios justos, reforma agraria, control de precios, entre otros propósitos, confiado en el poder de la Unidad Popular, pero estorbosamente flanqueado por la alianza de militares, gremios, medios de comunicación, sectores pudientes y por supuesto la Central de Inteligencia estadounidense CIA. El Che internacionalista, entregado en la búsqueda de cambiar al mundo mediante la transformación revolucionaria, de la misma manera murió por las mismas causas y los mismos sueños.

En este siglo XXI, en donde las banderas de la paz y la reconciliación se siguen blandeando como salida a los conflictos nacionales e internacionales, las fuerzas en disputa por liderazgos oficiales en países supuestamente democráticos se han especializado en armar aparatos, discursos, prácticas de toda índole, para llevar a los ciudadanos a las urnas con resultados irrisorios o voluminosos, pero que en todo caso justifique la vigencia del establecimiento. Para ellos, aun inmersos en sus crisis y degradación, el solo hecho de poner en funcionamiento el aparato electoral, les ha garantizado el mantenimiento de las estructuras, sin que se desmantelen de forma radical las causas de las desigualdades nacionales, que fue la apuesta de Salvador Allende. En América Latina, las buenas intenciones de buscar cambios vía electoral no han sido suficientes, en tanto llegados a los gobiernos (no al poder), solo maneras y formas de ejecución presentan algunas novedades; Aun así, el sistema temeroso de perder espacios no repara en buscar la liquidación física de contradictores mediante el asesinato, ataques biológicos, tortura, desaparición, así como en los últimos tiempos los montajes judiciales o el desprestigio informático. Cuando se está dentro de esa institucionalidad, una cuerda floja agitada desde todas las esquinas, obliga a los optimistas líderes a ceder en cuanto a principios e integralidad; inclusive mostrando simpatías por el Che y Allende, y haber iniciado proyectos sociales reformadores, suavizan una postura hacia la diplomacia en el complejo contexto político: Correa en Europa levantando la voz lejos del problema, Morales aceptando un golpe de Estado en Bolivia y buscando asilo, Mujica cuestionando la destacada revolución bolivariana de Venezuela, el FMLN desbaratado en el Salvador, AMLO sitiado por narcos, Lula, Cristina y Dilma diezmados por ataques judiciales, Bachelet insulsa y ambigua, no dan más muestra que su paso por gobiernos de países dominados por el capital transnacional y las relaciones de poder imperial moderno, limitan una verdadera transformación social en favor del pueblo.

Salvador Allende asesinado o en suicidio el 11 de septiembre del 73, apeado de un AK-47 y rememorando su compromiso de militante socialista, rechazó el desalojo de la sede presidencial, así como su salida del país ante el ataque combinado de militares y la CIA, pero legó a sus bases como a las nuevas generaciones chilenas, un transcendental gesto de dignidad defendiendo su condición de representante de una República, elegido en las huestes de la democracia representativa. El Che Guevara asesinado el 8 de octubre del 67 en las montañas bolivianas, resistió a la idea de permanecer en cargos ejecutivos del Gobierno revolucionario que había ayudado a establecer, para sumarse a los esfuerzos de otros pueblos por construir un verdadero socialismo. Su consiente decisión lo expuso a las más difíciles condiciones dada la gran empresa en la que se empeñaba, en tanto el gigante de mil cabezas y enemigo a derrotar, precisaba todas las estrategias para que eso no ocurriese; pero ese rasgo imponente de dignidad lego al mundo un ejemplo, una concepción de lo que es un virtuoso proceso social como el cubano y demostró un compromiso llevado a la más grande prueba de entrega por la humanidad.

Edición 725 – Semana del 17 al 23 de abril de 2021
   
 
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