Hilos, nudos y rotos
en los tejidos de la guerra

 
 
 

Rojos y azules son los hilos de un tejido dibujado de heridas profundas, dolores, angustias e incertidumbres, manchado por violencias extremas que todavía nos cobijan. Pero, de pronto los viejos hilos ya no sostienen y un inmenso agujero se abre para dejar ver días luminosos…

 
Alba Shirley Tamayo Arango
 
PhD. Psicología Social, docente e investigadora. Facultad de Comunicaciones Universidad de Antioquia
 
 

Un campesino es pintado rojo liberal y esa pinta marca también el camino de su huida. Los hilos que ha tejido con la tierra toman el mismo color, y así es como otros ven su siembra y su cosecha. De pronto se rompe todo bajo el estampido de la guerra; hay que correr y salvarse de los azules que lo persiguen. La techumbre de árboles, que apenas dejan ver el cielo, lo acoge con su gran familia de hijos, hermanos y amigos, rojos como él. En adelante, su destino será trazar redes de caminos en los montes imposibles, para formar un territorio guerrillero, emplazado sobre las ideas de libertad e igualdad, traídas por aires lejanos. Las manos labriegas cambian el olor de la tierra por el de la pólvora de fusil, y enarbolan la autonomía de un estado mayor que confronta el gran estado del país en el que se encuentra. Quienes promocionaron desde su poder las rutas de la guerra entre gentes del pueblo, se dan cuenta que la lucha roja se escurre de las manos y se hace incontrolable. Se pintaron dos pueblos de choque iguales-distintos: azules y rojos, pero arriba, entre los tés y los modales importados, ambos colores conversan, negocian, se mezclan y se vuelven uno al darse la mano cómplice. Esa misma que dicta el disparo cuando acecha un peligro mayúsculo, como el de abanderar causas populares. Es así como llega la hecatombe después de los caudillos caídos, de los líderes masacrados, y se rompen los frágiles hilos que han unido a quienes se han atrevido a pensar en el pequeño campesinado con tierra para el usufructo. Los caminos se cierran, los diferentes son cercados, los nudos se aprietan para ahogar toda osadía de reclamar la vida, el derecho, las posibilidades; se abren rotos de oscura incertidumbre para tejer desapariciones. En la historia de Colombia el latifundio azul se ha unido con el cielo para combatir los nacientes comunismos, reales e imaginarios, que han pretendido pintar de rojo el territorio nacional y resquebrajar las extensiones para volverlas pedazos. Por eso, se han hecho estallar una y mil guerras para desgarrar tejidos revolucionarios trenzados de ideas y utopías. Y así es como montes espesos se han llenado de ejércitos, y los pueblos de pájaros que siguen cantando y danzando a la muerte con las manos cargadas de armas, con las cabezas pintadas de sueños de violencia. Unos y otros han lanzado sus amarres, han anudado hilos de muerte al futuro de la infancia, de la juventud, han hecho urdimbre con economías de tráficos ilícitos, del expolio y la indolencia, generando tramas que han asolado poblaciones enteras, pintando las montañas de sangre y sembrando terror y miedo.

Rojos y azules son los hilos de un tejido dibujado de heridas profundas, dolores, angustias e incertidumbres, manchado por violencias extremas que todavía nos cobijan. Pero, de pronto los viejos hilos ya no sostienen y un inmenso agujero se abre para dejar ver días luminosos, gente en las calles con caras pintadas, jóvenes arengando, saltando, mientras enfrentan la muerte en la seriedad de su juego donde las armas son escudos de lata y piedras en las manos.

Edición 733 – Semana del 12 al 18 de junio de 2021
   
 
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