Crisis, fatiga y declive
de la noción modular de la sociedad

 
 
 

En el debate privado y público se podría derivar quién tiene el carácter humano, del ignorante, del imbécil y tozudo o del ser enteramente humano, es en la discusión donde se hace democracia y es en ella donde se aprende a ser sociables y a convivir en sociedad.

 
Rafael Rubiano Muñoz
 
Doctor en Ciencias Sociales (Flacso – Argentina) Profesor Titular, Universidad de Antioquia
 
 

Ya es un lugar común hablar o denominar de crisis la coyuntura colombiana a causa de los acontecimientos ocurridos desde el 28 de abril hasta la fecha. A medida que los sucesos cambian y se precipitan de modo inesperado es curioso o no ha de sorprender –¿qué suceso de agitación o convulsión social se previene o puede ser claramente intuido?– es menor la proporción del análisis y del entendimiento. Así que, las asimetrías entre opinar y preguntar con sentido, entre expresar públicamente y comprender con claridad son obvias y en la percepción no común es posible argumentar que, a mayor avalancha de sucesos menor capacidad de reflexión y de análisis.

Los medios (mass media) acuden a expertos, los expertos a sus intelecciones, a sus tabúes o prejuicios, los prejuicios van y vienen entre los ciudadanos alfabetos (o no alfabetos), circulan mediante las redes sociales y hay que reiterar que en los mass media, también, se irradian los chismes, comentarios, rumores, percepciones e intuiciones que día tras día, o se reproducen a través de artefactos o de oído a oído y así los comentarios petrificados se vuelven cíclicos como los astros al decir de Borges. Estamos en un momento como otros de crisis, ¿mayor o menor? depende del grado de tolerancia que los individuos y las colectividades le pongan. Lo cierto es que esta coyuntura lo que ha puesto en crisis, en fatiga y en declive es la manera como se ha concebido la noción modular de construir sociedad, la nuestra y otras y que la manera como nos hemos constituido que abarca desde el ámbito familiar hasta el más amplio y extenso del territorio que compone heterogéneas regiones y provincias alejadas o no, de los centros urbanos, hace tiempo es un paradigma obsoleto.

¿Hay alternativas? ¿Es posible otros modelos y sistemas sociales? Un hecho por ejemplo que demuestra que esta crisis es profunda y es un cisma que denota la fatiga y el declive de estructuración de la sociedad colombiana, se puede hallar en el problema de la representación política. ¿Representan las voces de indignación los políticos, los periodistas, los universitarios, las comunidades, los jóvenes o los gobernantes y dirigentes estatales? ¿cómo se otorga ese nivel de representación? ¿nos sentimos plena y adecuadamente representados en ciertas instituciones o en ciertas personas públicas? Quizás en el descontento y en la indignación por el modo de relacionarse y de convivir el país. En medio de la convulsión social, el tema o problema de la representación es crucial para aproximarnos primero al carácter de las crisis y para poder construir una imagen o al menos una percepción de ¿cuáles son o podrían ser las salidas?

Lo cierto es que aquí la representación política ha estado en crisis y por causas que tiene que ver con una fatiga, desgaste y declive de modelos sociales aplicados en lo económico, en lo educativo, en lo cultura y en lo político ¿Hay alternativa acaso? Pongamos el enfoque en uno, el económico. El neoliberalismo se impuso con César Gaviria desde los noventa, bienvenidos al futuro era la consigna, lo que una década después se intensificó con los TLC, que han deteriorado la economía nacional, pero eso sí crearon una amplia clase media consumista y tras de ello, una destrucción de la base modular del liberalismo que había sido concebido bajo los referentes de una construcción de la vida social sustentada en los valores de los méritos y la competencia. ¿Podemos seguir con esos referentes modulares en la sociedad colombiana? No obstante, el neoliberalismo creó monopolios, segregación social, exclusión, racismo, y, ante todo, consolidó unas clases con privilegios, que, por ejemplo, en el caso de la educación (y ello es muy visible), ha aplicado con saña la privatización y no un proyecto de educación con mirada pública y estatal de carácter nacional, gratuita y laica.

Desde los 90 al día de hoy, se desmoronó el modelo constructivo liberal de educación en Colombia porque vale interrogarse: ¿Qué proyecto ético-político nacional se le propone a los jóvenes hoy desde la universidad? ¿Será que el único modelo válido es ampliar cobertura, graduarlos mediocremente, tener un título y acceder al mundo laboral y de mercado? ¿Eso es lo que brinda la universidad? Ofrecer un modelo de profesionalización sin vocación, desgastado, es criminal y es absolutamente inmoral ya que años de inversión, ni asegura un ingreso a la vida laboral y menos profesionales con vocación (Berufen). Ahora pretende Iván Duque –y otros– salvar la debacle con matrícula cero y gratuita de un semestre, que es su visión de corto plazo (bueno es lo que lo caracteriza como presidente, una mentalidad cortoplacista) y hay que señalar que, el ducado –(Sr. Duque)– representante fiel de lo ineducativo y el analfabetismo, propone la fórmula mágica de la economía naranja como salvaguarda de la juventud, la cultura del emprendimiento, lo que en últimas significa, una puñalada final a la noción ilustrada liberal de la educación es decir el auto esfuerzo y los méritos como sofreno a la desigualdad natural de los hombres por su piel y su mente.

¿Cómo se burlarían los republicanos de este Kaiser criollo? El modelo educativo de privatización impulsado desde los 90, con instituciones como Colciencias, y lo que se ha derivado de esa institución en la vulneración de la competencia y de los méritos, ha sido mayor corrupción y burocracia que generan más desangre, desperdicio y subdesarrollo, en instituciones endebles como las de educación superior en Colombia que estaban ancladas en la ceguera del colonialismo intelectual y cultural, lo que recrudeció el abismo y la crisis para los jóvenes, porque ya no hay un proyecto nacional ético y político, ilustrado y moderno, desde la universidad, sino escombros fragmentados, petrificados de resabios coloniales.

Lo único que espera un joven es graduarse, y si acaso, poder compensar sus años de sacrifico y de estudio, su inversión existencial, su energía vital y su “quemada de pestañas”, el verse incluido en el mercado laboral. ¿Esperan los jóvenes eso solamente en quienes hoy protestan y marchan? ¿El único proyecto –será el único y válido entonces– es el verse absorbido por el mercado laboral, y si hay suerte y palanca desempeñarse (si tiene padrinos políticos o tiene relaciones clientelares) en lo que estudió y se graduó? Jóvenes mercancía y artefactos que pululan con espera e ilusión el milagro, carentes de vocación. Ahora, ni hablar de los millones que no pueden ingresar a la universidad pública y a las oportunidades de un mercado laboral legal, hoy ya es un desiderátum, trabajar en lo que toque a cualquier precio sin proyecto de vida y sin vocación alguna.

El discurso liberal de meritocracia y de competencia limpia y libre mediante el esfuerzo individual en términos del modelo económico impuesto desde los años 90 ha fracasado y su rotundo fiasco se ha producido hasta este 2021, pese a que en nuestra sociedad hubo cierta voluntad pero no hubo decisiones practicas al respecto, basta rememorar lo que fueron en el pasado, de un lado, las Reformas educativas de López Pumarejo en la conocida Revolución en Marcha (1934 – 1938) y más atrás las reformas proyectadas en los postulados ultraliberales y progresistas del llamado con sorna “Olimpo Radical” y su Constitución de 1863, que promulgó la educación laica mediante las instituciones normalistas. Hasta el día de hoy la relación modular economía y educación en el país ha fracasado, está fracturada, desgastada y está en declive rotundamente.

Los siglos que han transcurrido no han podido desarraigar prejuicios religiosos, coloniales, hispánicos y antimodernos, porque se han cristalizado los vejámenes y las violencias reales y simbólicas que se han hecho mármol y piedra en la educación privada y pública del país patológicamente carcomidas por la corrupción, las clientelas, las burocracias mediocres (o mejor burrocracias) no racionales, antiweberianas, ladinas y en especial infradesarrolladas mental y culturalmente, no hay cómo normalizar la cultura científica frenada por agentes de Gestapo en las universidades. Pero sobre todo, lo que hay que reflexionar es sobre las dirigencias –no solamente de la educación superior– y en parte una comunidad universitaria, quienes no saben premeditadamente, que desde 1808 las independencias han recorrido como un fantasma nuestras tierras, acechando y la espera de su realización, y que en 1918 y el 2018 se celebraron como consigna épica y emblemática de la educación nacional y popular, los que fueron, momentos claves de una posibilidad de construir un proyecto ético y político continental, con tonalidades claras y transparentes.

Los decoloniales y poscoloniales rehúyen y rechazan la vida latinoamericana de 1808 a 1824 y no saben que existieron los Bello, los Miranda, los Bolívar, los García del Rio, así también mujeres heroicas y luchadoras, las Policarpas, las Gaitanas, las Malinches, las Tristan, en fin. Ahora se satisface con fórmulas, recetas y se escribe con agilidad (pero con futilidad) ante la coyuntura del país, pero para decirlo con Spinoza, de lo que se trata es de saber preguntar y saber comprender con un escepticismo ilustrado. La cultura comunicativa del país se ha tornado en la de la charlatanería, es decir, charlar y charlatanes, pero no es lo único legítimo opinar por opinar, expresar por tener un auditorio emocionado o escribir para tener el halago o la satisfacción de presumir que son los Emile Zola colombianos, o los Baldomero Sanín Cano o García Márquez, como lo pretenden esos profesores que escribe por escribir furtivamente, pero sin preguntas adecuadas y sin interrogación reflexiva.

Satisfacer a auditorios pequeños o masivos mediante lugares comunes es rutinario y habitual, escribir con convenciones tradicionales es lo común, y es una recurrencia usual de la cultura comunicativa de Colombia, además de atacar airadamente, irrespetar, descalificar e incluso insultar, la de vindicar y señalar, la de fiscalizar y sentenciar la oposición y la disidencia, de modo que es la manera común de construir oyentes y lectores adeptos e incluso crear lealtades, que son todas ocasionales, fugaces, pero eso si llenas de fanatismo e idolatría. En el torrente o maremágnum de la información que circula es muy poco lo que se puede hacer comprensible y más aun lo que contenga preguntas sensatas e incluso inteligentes.

Por ejemplo, sobre la crisis coyuntural, no hay escrito que hable de la crisis como una novedad o como algo inusitado, porque, desde el 28 de abril que se desataron las protestas y las movilizaciones, algunos hablan de desadaptados otros expresan furibundamente que han aparecido nuevos sujetos políticos, nuevas ciudadanías y hasta nuevos movimientos sociales. ¿Qué expresa la situación de protesta y de movilización pública en Colombia en términos políticos? ¿nuevos sujetos, nuevos ciudadanos o nuevos movimientos? La coyuntura lo que ha demostrado es que son muchos los nudos inconclusos del país y que su narrativa ético-política en términos de modelos se ha desgastado hasta el declive. La estructuración social de nuestro país en todos los planos es como el Thinner. La crisis ha demostrado en esta coyuntura el declive de las instituciones para decirlo con Françoise Dubet, porque es más que evidente, y los medios pretenden como en el año de 1789 que un reyezuelo incompetente brinde o decida con respuestas viables y sostenibles a la crisis, con una imagen de presidencialismo barato y baladí, es una vergüenza. ¿qué nos enseña o enseñó la sociología? Si, si algo enseña y ha enseñado la sociología, no la ciencia política hay que advertir por las suspicacias de muchos, es que la sociedad en sus dinámicas y estáticas, en su estructuración para decirlo con Emile Durkheim, por naturaleza lleva en sí la crisis, la sociedad es crisis y conflicto, las mismas relaciones del individuo con la sociedad, la libertad y la moral, la autoridad y la anomia, la anarquía y el orden público, lo privado y lo público, en fin, la convivencia colectiva es ya una situación de crisis y de conflicto.

¿Pero aceptarlo no es renunciación, claudicación y dimisión? La sociedad es crisis porque la crisis es cambio, de lo contrario hace rato Duque fuera Miguel Antonio Caro, aunque como es de católico colonial este país, él diría que es pariente lejano. Para aquellos lectores interesados en la sociología es de común afrontar reflexivamente la noción de crisis, pero ¿Qué es lo nuevo que expresa la coyuntura del país en estos últimos días, desde el 28 de abril que sea un peldaño más a la situación ya crítica de Colombia como país, como comunidad, como Estado Nación? Hay que preguntarse por el enfoque de la crisis y cómo ella se divulga y circula en los individuos, mediante qué interpretaciones, recursos e informaciones, datos, disquisiciones e intelecciones entendemos cada uno de nosotros la crisis y también lo anterior suscita a interrogarse es ¿Cómo ella (la crisis) alcanza a una diversidad de individuos, se masifica y por lo tanto deriva en el lenguaje de la violencia, el cataclismo, la tragedia y la catástrofe o en el de la noción de revolución, progreso, radicalismo y mejoramiento individual y social?

Hoy uno de los temas a reflexionar sobre la sociedad colombiana no es exclusivamente responder a la pregunta acerca de ¿qué decir de las protestas y la movilización social? Es importante, claro está, pero no es lo esencial. Debemos preguntarnos también, por nuestra naturaleza social y su contrato o pacto ¿Se podrá recomponer el pacto social y el contrato social que desde la constitución de 1991 rigen en el país, pero que varios sectores sociales la han ido resquebrajando y destruyendo desde el Estado y otras instituciones? Para decirlo con Maquiavelo ¿Cómo se reconstruye la República? ¿A partir de qué acciones y discursos? De modo que la tolerancia o no a las crisis es lo que se debe analizar y lo otro, si las crisis se aceptan y no se aceptan también hay que interrogarlo. Esa perspectiva debe inducir al experto o al neófito a comprender la situación del país en estos últimos días, porque a partir de esas perspectivas, se podrá hacer una lectura sobre la cultura política y sobre las posibilidades democráticas o quizás las salidas de nuestra nación.

El modelo de estructuración social de Colombia, lo que se llamaría el carácter modular de sociedad no solamente se ha desgastado sino también ha fracaso y en el caso de lo político es contundente. Como muy bien lo investigó en su momento Emile Durkheim, las instituciones se desgastan y en los procesos de cambio y de transición, de masificación entran en crisis y por supuesto, claudican y no soportan la presión de las demandas de ciudadanos que exigen nuevas condiciones para la realización de sus proyectos de vida. El modelo económico de proyecto de vida de la sociedad colombiana esta ya fracasado, la meritocracia es una burla para un país que ha creado monopolios, privilegios, segregaciones y racismos, corrupción, clientelas, dentro de las mismas universidades públicas y privadas.

No hay en la actualidad, por lo menos en lo inmediato un relato o una narrativa que le aseguré a esa juventud un ideal de república o un modelo ético-político de individuo y de sociedad ¿De qué sirve la meritocracia en una sociedad de hacendados, pequeños reinados, amiguismos, clientelas o grupos partidistas y políticos que acaparan por años las instituciones de educación superior y otras instituciones? No es solamente la corrupción de facto, es nuestra mentalidad y cultura. ¿Alguna institución o personaje público, actor es capaz de recomponer los escombros de una sociedad individualista, fragmentada y egoísta plagada de exclusiones, segregaciones, de señalamientos y de vindicaciones? Esta coyuntura lo que ha evidenciado es que no existen proyectos ético-políticos de alcance nacional, en la vida colombiana, donde como diría Jorge Gaitán Durán en su Revolución invisible de 1959, aquí en el país la consigna es, ¡salvase quien pueda! Colombia nació hace 200 años, pero con esos dos siglos no pudo cuajar desde el 6 de octubre en la Villa del Rosario de Cúcuta, el sueño de la Gran Colombia, ya vamos en casi la mitad del 2021.

Pero al modelo fatigado de economía y de educación, se le añade el modelo fracasado de un país que nunca desde sus doscientos años de existencia ha logrado ante todo construir ciudadanos capaces de debatir con calidad y aprender a debatir con argumentos en el espacio público, nuestras intolerancias y resentimientos nos lo impiden. A lo anterior se agrega que es una nación donde el disenso, la confrontación, la contradicción no son de los resortes de nuestra mentalidad y cultura. En las máximas instancias o instituciones que hablan de democracia y de igualdad, de crítica y de compromiso, el opositor, el disidente, el inconforme, el crítico, pese a que se enarbole el espíritu crítico, es despreciado, marginado, señalado, vindicado, es vituperado ¿qué hablar del Estado y de los que manejan el orden público, –si se le puede llamar así, al orden público que ellos desordenan–, con los ciudadanos que tienden a la divergencia, y son diferentes? ¿Acaso los demócratas colombianos serían capaces de vivir en su casa con el drogadicto, el homosexual, la lesbiana, el enfermo, el loco, el pordiosero, en fin, convivir no simplemente tolerarlo?

Entonces, la coyuntura plantea que Colombia desde los noventa no ha reconstruido para nadie, para ninguno en estas tierras, un modelo ético político de sociedad, porque las violencias reales y simbólicas que se atacan desde ciertas instituciones (en especial la Universidad) las reproducen desde arriba hasta abajo. Aquí hay que afrontar de modo más sereno, sensato y agudo, el problema de nuestra sociedad, el desgaste y el fracaso de su estructuración social, no solamente en lo que tiene que ver con soluciones practicas de reforma a todos los niveles sino en la reconstrucción de un relato de país, de nación, que sea ético y político de la individualidad y la colectividad, es decir como diría Durkheim, de la conciencia colectiva, pues ella depende de la acción, pero también de la narración, del relato ¿Quién lo podrá asumir y construir? ¿Será necesario un nuevo pacto social y un nuevo contrato social?

De nada sirven los diálogos, las negociaciones, ni las reformas ni los acuerdos momentáneos sino es viable repensar nuestras instituciones en declive tales como la democracia facistoide del país (los buenos somos más), el Estado presidencialista autoritario, los políticos con estrategia de camaleónicos, las universidades carcomidas de clientelas y de burocracias emergentes y arribistas, la iglesia perdida en sus encerramientos mentales y claustros, y las otras iglesias atiborradas de fanatismos e idolatrías, las familias adobadas en su sonambulismo propiciado por la cultura de masas, o mejor la industria cultural y una guerra hobbesiana de salvase quien pueda!!!!, ¿Qué es la comunidad nacional y qué la conciencia colectiva, cómo recomponerlas en la crisis y cómo construir alternativas?

Una de las autoridades más reconocidas en el problema de la crisis fue el historiador argentino y latinoamericanista José Luis Romero1, la crisis la entendió, primero como una ruptura transicional y como una posibilidad que produce la regresión o el progreso. Es decir, su obra la dedicó a la crisis, para lo cual, analizó el mundo griego, romano, medieval, renacentista, moderno, latinoamericano y el argentino. Hoy podrá servirnos de referente y de guía, como en su momento lo fueron Sarmiento, Martí, González Prada, Flora Tristán, María Cano, Clorinda Matto de Turner, Gabriela Mistral, Teresa de la Parra, Victoria Ocampo, porque ellas también han sido las mujeres e intelectuales, sin duda fuente nutricia de nuestras esperanzas e ilusiones continentales, basta haber leído Aves sin Nido de Clorinda Matto de Turner y con seguridad un estudiante universitario, cualquier ciudadano de a pie podrá comprender ¿de qué se trata esta crisis en Colombia?

Edición 733 – Semana del 12 al 18 de junio de 2021

1 Crisis históricas e interpretaciones historiográficas. Textos escogidos de José Luis Romero. Argentina: Miño y Dávila. 2009.

   
 
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