Verdades históricas: del Paro a la paz neoliberal del expresidente Santos

 
 
 

Colombia fue integrada con violencia “ejemplar” a la fórmula de capitalismo dependiente, periférico. Este engendro, en últimas, se reproduce políticamente, desde entonces, a través de la apropiación de rentas mediadas por monopolio de los poderes estatales. Esta constante se ha mantenido hasta nuestros días, prolongando así en el tiempo nuestra modernidad tardía; “nutriéndose” en su reproducción de sangre y vida subalterna.

 
Miguel Ángel Herrera Zgaib, PhD1
 
 

“Sabemos con absoluta seguridad que nos están ´mamando gallo´…lo que nos queda es fortalecer la movilización social”. Fabio Arias, fiscal de la CUT, en ET, 3/06/2021, p. 1.4.

Parte 1

El trasunto de una historia subalterna

En mi trabajo doctoral, sustentado hace dos años en el auditorio de la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas y Sociales, de la Universidad Nacional de Colombia, ante unos jurados relativamente incrédulos, y una audiencia amplia y dispuesta a escuchar tanto la sustentación como los comentarios, defendí el quid de mi disertación, centrado en la siguiente afirmación: la coyuntura de 1999 – 2010, marcaba el comienzo del desenlace de la crisis de hegemonía en Colombia, condicionada por la dinámica abierta entre dos extremos conceptuales y práxicos, en tensión, el régimen parapresidencial y la democracia subalterna.

La fuerza plural, múltiple, dinamizadora de dicho proceso era y es la conjunción compleja de los grupos y clases subalternas que son parte constitutiva de la contrahecha, singular, modernidad colombiana. Signada como lo estuvo por la violencia que resultó de su inserción en el ámbito del capitalismo mundial, económica, política y militarmente.

Este curso de la historia estuvo novelado, en buena parte, en sus orígenes, por el genio literario de un provinciano, Gabriel García Márquez, primero, en un ensayo magistral, El coronel no tiene quien le escriba, y luego en su obra magna, Cien Años de Soledad. Él, su familia, era vecina de un primer acontecimiento traumático, la masacre de las Bananeras, cuya realidad aún discute la reacción política y sus intelectuales tradicionales.

Aquella bestial represión en favor de un enclave capitalista, la United Fruit Company, singularizó la presencia de dos intelectuales nuevos, Gabriel Turbay y Jorge E. Gaitán, cubiertos por la tragedia y la frustración. Ellos animaron el debate congresional del liberalismo, que le quebró las amarras morales, y lo que de legitimidad le quedaba a la hegemonía conservadora. En otras, llamando a testimoniar a un obrero, Erasmo coronel, testigo de aquellos acontecimientos, en audiencia pública.

La articulación económica

Colombia fue integrada con violencia “ejemplar” a la fórmula de capitalismo dependiente, periférico. Este engendro, en últimas, se reproduce políticamente, desde entonces, a través de la apropiación de rentas mediadas por monopolio de los poderes estatales. Esta constante se ha mantenido hasta nuestros días, prolongando así en el tiempo nuestra modernidad tardía; “nutriéndose” en su reproducción de sangre y vida subalterna.

Sujeta a sucesivos ciclos de violencia, abierta y encubierta, y mantenida en el último medio siglo a raya, a través de una estrategia de guerra social desde arriba. Heraldos de la nueva estrategia fueron el régimen conservador con un primer operador y verdugo militar, el brutal general Carlos Cortés Vargas, sobre quien poco se escribió todavía.

Este fue el ingreso económico en la modernidad bajo el signo capitalista, a lo que se unió, en el desenlace de la bipolaridad de posguerra, a la alineación con el bloque capitalista liderado por una de las potencias triunfantes en la II Guerra Mundial, los Estados Unidos, cuyo procónsul, el general Marshall, vino a apadrinar la creación de un nuevo cuerpo político militar en el nuevo orden mundial, la OEA, que en Bogotá reemplazó a la Unión Panamericana que también controlaban los Estados Unidos desde los tiempos del liberal Woodrow Wilson.

El protagonismo de Alberto Lleras, un nuevo avejentado, vino como premio de consolación para una elite liberal no democrática, sumisa al nuevo imperialismo. Luego de padecido el robo de Panamá de comienzos del siglo XX, con el cual se hizo trizas la soberanía nacional, y el sueño continental bolivariano.

Tal era el sino trágico-cómico de la recién nacida soberanía nacional que el genio bolivariano no logró defender entre 1826 – 1828, primero; y que después del fiasco de la Constitución de 1863, ayuna del pueblo raso, sujeto a servidumbre y esclavismo disfrazado, selló la reacción antiradical, con el apoyo militar de los Estados Unidos, en la Constitución de 1886, con la derrota de liberales y radicales en la Guerra de los mil días.

La derrota, primero, fue aceptada en el “llamado” tratado de paz de la finca bananera de Neerlandia, entre Ciénaga y Aracataca, que tuvo como protagonista al general Rafael Uribe Uribe, bajo la amenaza de los cañones de la armada de Teodoro Roosevelt, “defensor” de la independencia del Estado de Panamá. A esta paz se sumaron después los tratados del Wisconsin, y luego Chinácota en lo que es hoy territorio de Norte de Santander.

Articulación militar y política en el orden atlántico burgués

Esta cadena de acontecimientos aciagos nos atará, por fin, a la naciente potencia americana y su doctrina Monroe, a la que se opuso Bolívar y los generales nacionalistas que lo rodearon. Tales son los acontecimientos previos al arranque del “mítico” relato del Macondo de Cien Años de Soledad. Después, solo la selva y los zancudos fue la última trinchera, y el recuerdo del aborigen Victoriano Lorenzo, que resguardó el honor nacional mancillado de las minorías étnicas en rebeldía. Era la penúltima huella que quedó plasmada en la trágica ejecución del almirante Padilla, sumido en las oscuridades de su conspiración contra el libertador dictador ya sumergido en su laberinto, de lo cual escribirá Gabo la saga de su derrota y marcha definitiva hacia Santa Marta.

El segundo momento fue político, y tuvo sus protagonistas trágicos, Turbay y Gaitán en la primera mitad del siglo pasado. Ellos lideraron la resistencia que condujo al estallido del aluvión popular, que creció con la formación de la multitud subalterna arrojada a las ciudades por el despojo y el desplazamiento que desencadenó la revolución en marcha, con su ley de tierras, y sus consuetas conservadores. Turbay y Gaitán enfrentaron a la generación anterior, que tenía la dupla dirigente hija de la generación del centenario: Alfonso López Pumarejo y Laureano Gómez, con quienes se selló el segundo pacto histórico bipartidista, después del realizado entre Rafael Núñez y Miguel Antonio Caro, con la tercería constitucional de José María Samper, que venía arrepentido de las canteras del radicalismo.

Estos dos caballeros de provincia, buscando la unidad nacional quebrantada por la guerra civil finalizada en 1902, interpelaron primero a la naciente sociedad civil colombiana del siglo XX. Debutaron con su verbo encendido y su lógica económica en la universidad y los salones capitalinos. Respiraban aires de un reformismo afectado por los olores de una modernidad rancia, contrahecha, de banqueros quebrados, comerciantes y terratenientes de mañas feudales. Delante tenían el contrafuerte de unos subalternos en rebeldía que leían el verbo altisonante y revelador de Vargas Vila.

Estos subalternos ensayaban lo aprendido del radicalismo, y de los credos exóticos del socialismo y el comunismo que se había destilado a partir de la experiencia de las Sociedades democráticas del medio siglo XIX. Lo ensayaban luchando por los derechos y las libertades, la defensa de la organización obrera, la libertad de cultos, y el reclamo de un sindicalismo que no era reconocido legal y constitucionalmente.

En esa forja destacaron por su independencia el guamuno, Raúl Eduardo Mahecha, 1884 – 1940, sobrino del general José Ignacio Caycedo; el valluno Ignacio Torres Giraldo, y la antioqueña María Cano, flor del trabajo, que agitaban el credo libertario, socializante de obreros, estibadores, proletarios agrícolas, indígenas en rebeldía, artesanos y trabajadores independiente. (Continua)

1 Director Grupo Presidencialismo y Participación Minciencias/Unijus, presidente International Gramsci Society-Colombia.

Edición 733 – Semana del 12 al 18 de junio de 2021
   
 
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