¡Vuelve el pueblo! Construcción de la alternativa democrática hacia 2022

 
 
 

El pueblo vuelve a la escena política para ejercer soberanía y ello solo es real si se decide materializar el poder constituyente. Esa la misión de un eventual gobierno alternativo: facilitar, crear condiciones favorables al proceso constituyente (proyecto y sujeto). El movimiento amplio y plural que se conforme tiene que prepararse para mucho más que ser gobierno, incluso para direccionar la historia sin ser gobierno.

 
Luis I. Sandoval M.1
 
 

¡Vuelve el pueblo! – I

He sostenido en textos recientes que la categoría pueblo está de regreso a las ciencias sociales y a la praxis política. No es un recurso retórico, es una realidad. Hoy (octubre 16) he vuelto a pensar en ello ante la realización virtual del IV Encuentro del Papa Francisco con los movimientos populares bajo el lema ya consagrado de Tierra, Techo y Trabajo y ante el paro contra la desnutrición infantil y otros problemas estructurales en la Guajira.

El que regresa no es el pueblo del genérico liberal: conglomerado de individuos personas que son iguales ante la ley. No, el que regresa es el pueblo mayoría que trabaja, que no tiene trabajo o que si lo tiene no es decente sino precario. El pueblo hoy no son los iguales ante la ley sino los desiguales ante la vida.

El pueblo es el que aparece en el encuentro con el Papa: los recicladores, los campesinos sin tierra, los habitantes urbanos sin casa, las mujeres sobrecargadas con tareas del cuidado, los jóvenes sin educación, sin empleo y sin futuro, los migrantes que naufragan en el mar, o mueren en la selva, o en los pasos ilegales de las fronteras, por tratar de alcanzar el país de sus sueños.

El pueblo que regresa es la gente de distintos estratos, empobrecida y sojuzgada por el fascismo social que agencia el neoliberalismo, son los millones de víctimas que intentan tener voz y, por ello, defienden las curules establecidas en el Acuerdo de Paz y buscan incansablemente la verdad para establecer qué pasó en décadas de enfrentamiento fratricida.

El pueblo que vuelve a la praxis política es el que protagonizó la conmoción o levantamiento que sacudió al país el 21N de 2019, el 9S de 2020 y el 28A de 2021 y aún lo sigue estremeciendo en formas de inconformidad y de protesta que se recrean todos los días. El pueblo es el nuevo sujeto plural que articula las múltiples formas de resistencia a la depredación contra comunidades y naturaleza.

El pueblo al que hago referencia es el doliente de la casa común en riesgo por el cambio climático, el que mereció unos macizos párrafos en la Encíclica sobre la fraternidad y la amistad social “Fratelli Tutti” del propio Papa Francisco, a la cual dediqué hace poco (marzo) varias columnas.

Palabras del Papa resaltadas en ese momento: “Si se quiere afirmar que la sociedad es más que la mera suma de los individuos, se necesita la palabra pueblo. La realidad es que hay fenómenos sociales que articulan a las mayorías, que existen megatendencias y búsquedas comunitarias. También se puede pensar en objetivos comunes, más allá de las diferencias, para conformar un proyecto común… es muy difícil proyectar algo grande a largo plazo si no se logra que eso se convierta en un sueño colectivo. Todo esto se encuentra expresado en el sustantivo “pueblo” y en el adjetivo “popular”. Si no se incluyen –junto con una sólida crítica a la demagogia– se estaría renunciando a un aspecto fundamental de la realidad social” (157).

El pueblo está de regreso como sujeto potente de transformación. Para descalificar, frenar y frustrar ese regreso se dice, desde las más altas esferas, con sentido estigmatizante: ¡eso es populismo! Puede serlo y por eso la ciencia política está encontrando una nueva significación de populismo, un populismo republicano, progresista, que es saludable, indispensable, para la realización y la profundización de la democracia.

Muestra de ello estas líneas de Chantal Mouffe: “El populismo de izquierda… quiere recuperar la democracia con el fin de profundizarla y ampliarla. La estrategia populista de izquierda busca unificar las demandas democráticas en una voluntad colectiva para construir un “nosotros”, un “pueblo” capaz de enfrentar a un adversario común: la oligarquía. Esto requiere el establecimiento de una cadena de equivalencia entre las demandas de los trabajadores, de los inmigrantes y de la clase media precarizada, además de incluir otras demandas democráticas como las de la comunidad LGBT. El objetivo de esta cadena es la creación de una nueva hegemonía que permita la radicalización de la democracia” (Mouffe, 2018).

Claro que hay un regreso del pueblo como sujeto político plural que se expresa en movilización y que se expresa en voto. Son millones los que protestan y son millones los inconformes y alternativos que votan. Necesario que el ejercicio de la política, del liderazgo y de la iniciativa, junto con el debate incesante, den por resultado que los que se movilizan sean también los que votan. Solo de esa manera es posible que el pueblo triunfe y que haya, por fin, un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo.

Inclusive en las circunstancias que se dan hoy en el país cuando se viene produciendo un formidable despertar ciudadano, social y popular, ya se mencionó arriba, hay que asumir que el momento constituyente en que se reconoce que estamos, el poder constituyente que despunta, el rugido del constituyente primario que se escucha está más en la movilización que en el voto.

No que estén divorciadas, o deban divorciarse, estas manifestaciones, ya se ha dicho que hay que sincronizarlas y articularlas en una estrategia de mayorías y de sujeto plural para triunfar y transformar. Lo que merece énfasis es que el ejercicio electivo se asume como parte y prolongación de la movilización y no al contrario. Estamos acercándonos a la posibilidad de una democracia de masas, menos representativa y más directa, hay que gobernar con movilización sostenida, con participación incidente, con poder dual, no se puede reducir la política al voto y la representación. Democracia radical y civilismo.

Esta comprensión no es plena y firme aún en los sectores alternativos. Las elecciones que vienen tienen que inspirarse en la gran conmoción que acaba de tener lugar en los meses anteriores y que aún subsiste y que tendrá nuevas expresiones contundentes. El momento constituyente sociológico, esplendoroso y doloroso vivido, es preciso que se traduzca en voluntad constituyente formal en el momento electoral próximo. La coyuntura de movilización es la agitación del magma popular que está llamada a modificar la corteza de la política en las jornadas electorales de 2022.

No hay sujeto sin proyecto y siempre es preciso tratar de que el proyecto no sea una república en el aire. El proyecto de este momento y de este poder constituyente que se anuncia es el de un verdadero estado social de derecho, o república social, que solo muy parcialmente se refleja en la Constitución de 1991. Esta carta constitucional, su plataforma de derechos, está llamada, en el marco de la turbulenta transición en curso, a facilitar avances sustantivos del Estado social de derecho, pero el proyecto alternativo, en futuro cercano, tendrá que abordar la tarea de un proceso asambleario constituyente u otra vía de tomar decisiones fundantes.

En otras palabras, el pueblo vuelve a la escena política para ejercer soberanía y ello solo es real si se decide materializar el poder constituyente. Esa la misión de un eventual gobierno alternativo: facilitar, crear condiciones favorables al proceso constituyente (proyecto y sujeto). El movimiento amplio y plural que se conforme tiene que prepararse para mucho más que ser gobierno, incluso para direccionar la historia sin ser gobierno.

¡Vuelve el pueblo! – II

Si el pueblo está de regreso como potente sujeto transformador democrático, si el momento y la perspectiva son de sentido constituyente, si se trata no solo de ser gobierno sino de asumir la dirección de la historicidad de la nación mediante nueva hegemonía, si estamos decididos por la revolución de la democracia paritaria, si  el proceso se materializa en una transición turbulenta de la república oligárquica a la república social se requieren indispensablemente organización y liderazgo democráticos transformadores.

¿Cómo organizar, como ejercer liderazgo en las condiciones de hoy tan distintas a las del pasado? Tal es el interrogante para cuya respuesta quiero ofrecer algunos elementos primarios, fruto de la observación, la experiencia y también de algunas lecturas.

Organizar y liderar parece complejo y aun intrincado y, sin duda lo es. Pero hay un secreto ya descubierto y puesto en boca de todos y todas para asumir y tramitar esa  enorme complejidad. Se trata ahora de que el secreto pase de la boca de hombres y mujeres a su praxis cotidiana en todo tipo de agrupamiento, comunidad, movimiento, partido, instancia organizativa, bancada, coalición o espacio de encuentro (virtual o presencial): el secreto es el manejo de la pluralidad.

La realidad es plural, plural en muchos sentidos. El proyecto, la organización, el liderazgo, la comunicación, tienen que estar pensados y diseñados para que haya juego de pluralidad, para que fluya sinérgicamente la pluralidad, para que todo mundo se sienta reconocido e incluido, para que todo mundo pueda tomar la palabra, desatar iniciativa y creatividad, asumir responsabilidades, para que la amplitud no dificulte la acción sino que la proyecte y la potencie, para que existen reglas confiables concertadas al momento de dirimir aspiraciones y tomar decisiones.

La pluralidad se forma de las diferencias. No hay dos personas idénticas. En un grupo puede haber tantos pareceres como personas. Si es un partido o movimiento habrá tendencias, si es una coalición habrá al menos una mirada y una voz por cada actor, si es un bloque social y político de clases y sectores subalternos aflorará la diferencia de intereses de clase, amén de las diferencias intergeneracionales y de género, las culturales… etc.

Hay que superar el enfoque de que la pluralidad es una concesión a concepciones meramente liberales. No, reconocer la pluralidad es reconocer la realidad de la vida, es reconocer que cada persona y cada expresión colectiva obedece a una forma de resistencia. Resistencia al retroceso en materia de libertad, igualdad, derechos, oportunidades, justicia, dignidad. En positivo la pluralidad es la expresión de los innumerables proyectos de vida existentes, tanto individuales como colectivos.

Así es el pueblo: plural y diverso, multicolor y polifónico, que mira y se mueve en muy diferentes direcciones. Sin embargo, es preciso estar en guardia cuando personas y grupos que no son del pueblo aparecen al momento en que el pueblo avanza y asciende con posibilidad de victoria. La alianza con sectores hasta ahora integrados a las élites dominantes tradicionales exige un criterio riguroso para discernir entre personas y grupos dispuestos a un compromiso programático efectivo y los oportunismos que pululan.

Una cosa era la pluralidad en el siglo XX y otra es en el siglo XXI. Antes la pluralidad se expresaba dentro de ciertos límites (normativos, organizativos, jerárquicos, culturales…), al presente y hacia el futuro la informatización y la desregulación absolutas, en un mundo irreversiblemente globalizado, nos ponen ante la realidad asombrosa e inasible de una sociedad líquida en todas sus dimensiones y manifestaciones (Bauman, 2017).

Hoy nada ni nadie se somete a límites; nadie quiere constreñimiento distinto al que la misma persona se imponga; el universo entero, está al alcance de cada persona, al instante, a través de esa pequeña maravilla que es un teléfono celular.

Aparte de ello hay que tener en cuenta que la sociedad colombiana de hoy es una sociedad alegre y atormentada a la vez, sociedad de la desmesura, como solía decir Gabriel García Márquez, donde lo bueno y lo malo, la positivo y lo negativo, la excelencia y la mediocridad, el refinamiento civilizatorio y la barbarie, están juntos, entremezclados y yuxtapuestos, en grado superlativo en cada hombre y cada mujer. Y todo ello en ebullición, con una explosividad volcánica incesante e impredecible.

Necesario comprender que hay un factor que distorsiona y deshumaniza la natural pluralidad y diversidad humana: el sistema de competencia, rivalidad y afán de lucro que es el capitalismo, particularmente en la forma voraz y depredadora de capitalismo financiero neoliberal. Ese capitalismo está deshumanizando a las personas mediante la acentuación del “todo vale” que propicia el homo homini lupus, destruyendo el planeta, la casa común, y poniendo en gravísimo riesgo a la especie humana por los estragos del cambio climático.

A esta altura es preciso afirmar que el reconocimiento de la pluralidad de los de abajo y el medio como expresión de las múltiples resistencias al fascismo social y a las formas autoritarias y mafiosas de gobernar no es para dejar piezas a la vista como un rompecabezas sin armar, es para transitar a la construcción de una identidad política alrededor de un proyecto de transformación anudado en un programa audaz y una voluntad política modelada, en expresión de Antonio Gramsci, como “conciencia activa de la necesidad histórica”. Solo de esta manera, lo cual demanda un arduo y prolongado trabajo político, irá apareciendo el pueblo como sujeto protagónico de una nueva historicidad.

La justa percepción de la transformación necesaria obliga a buscar el agua más arriba. La actividad política, que en su origen y en principio es la actividad básica de organización de una comunidad para procurarse sus medios de vida y alcanzar metas ambiciosas de bienestar, libertad e igualdad, está hoy convertida en objeto de manipulación y baratija de mercado entre rufianes.

Lejos está la política de ser una praxis colectiva para la solución de los problemas colectivos y la realización de los proyectos colectivos. La dignidad originaria y primordial de la política radica en que es organización y praxis para la vida de una comunidad.

Política y vida son inseparables, donde anda bien la política le va bien a la vida. También es cierto lo contrario: la mala política es terreno abonado para la muerte. Buena política conduce a la paz, mala política deriva en guerra. La política es el lugar privilegiado de la tensión entre el homo homini amicus y el homo homini lupus.

¡Vuelve el pueblo! – III

Pluralidad. Necesario distinguir entre pluralidad y amplitud. Pluralidad es el reconocimiento de otros, otras, sujetos senti-pensantes, en el entorno cercano de vida. Amplitud es la inclusión de otros, otras, ciudadanos y ciudadanas soberanos, en el quehacer social o político. Pluralidad y amplitud son enfoques y prácticas propios de la construcción democrática transformadora.

En pluralidad con amplitud la palabra de cada persona es plenamente respetada: ¡tu voz, presencial o virtual, es tu poder! Cuando levantas la mano para pedir la palabra se detiene expectante el universo, dijo o escribió alguien. Pluralidad y amplitud toman en cuenta las capacidades, siempre existentes, de los demás.

En pluralidad con amplitud se generan relaciones estéticas no depredadoras entre personas y colectivos, comunidad y naturaleza. Pluralidad y amplitud no ingenuas, que asumen realidades ineludibles, ubican con claridad un ellos y un nosotros; en democracia hay competencia agonal entre adversarios no guerra entre enemigos.

En la pluralidad con amplitud la mayor capacidad de unos aportantes no avasalla a otros aportantes menores del proceso. En la pluralidad con amplitud las relaciones entre diferentes son de cooperación, no de contradicción, competencia extrema o imposición. Lo propio de la pluralidad con amplitud, no centrífuga, es el trabajo en equipo, red, convergencia, confluencia, frente, coalición, coalescencia…

En pluralidad con amplitud el trabajo que se hace en equipo se presenta como tal, no se lo apropia uno solo de los autores o autoras. Las prácticas, conscientes o inconscientes, de burocratismo, sectarismo, cliques, aparatismo, atomización, ferrocarrileo… no caben porque frustran la pluralidad y la amplitud, esto es, el genuino ejercicio democrático.

Liderazgo. Figura descollante en un marco de pluralidad. La gran novedad en el universo alternativo colombiano hoy es que comienza a existir un referente común para todas las luchas democráticas, todas las resistencias al modelo depredador y deshumanizador, todas las aspiraciones de cambio y transformación en la lógica de la vida.

La larga y diversa lucha por los derechos se anuda sorprendentemente con la posibilidad de acceso al derecho a gobernar. Estamos en el pórtico de la alucinante aventura de construir una sociedad en paz revolucionando la política.

Se está creando una identidad y una conciencia de un nosotros popular en ascenso frente a un ellos elitista en desgaste irreversible. Colombia entera está entendiendo que el liderazgo alternativo “no promueve el odio de clases, sino que explicita el conflicto de clases existente” (Luciana Cadahia, 2018) para superarlo en democracia.

El liderazgo es un aspecto central del referente común que se está creando. El problema del liderazgo que era un asunto al parecer insoluble en la perspectiva de la cohesión del complejo espacio alternativo, hoy, por fin, tiene un comienzo de solución en dos manifestaciones extraordinariamente novedosas: la más amplia pluralidad de fuerzas sociales y políticas subalternas constituidas en coalición (coalescencia) y el surgimiento de un liderazgo articulador como figura descollante.

No es el estereotipo del jefe natural que hace y deshace a su arbitrio, ni tampoco el esquema del comité central que no da la medida para estos tiempos. Es, más bien, la figura del príncipe democrático que describe Sergio Fabrini en El liderazgo en las democracias contemporáneas (1999). “Si impedir el ascenso del Príncipe representa una falta de sentido de la realidad, controlar su ascenso es una tarea imprescindible. La democracia necesita de líderes, hombres y mujeres, que sepan meter la mano en los engranajes de la historia, pero debe conseguir que lo hagan para mejorar su funcionamiento y no para destruirlos” (p.234).

El colectivo plural de dirección y, dentro de él, la presencia de una figura descollante constituye una modalidad inédita de liderazgo en el campo alternativo. Se retoman y recrean, en condiciones diferentes, procesos de ascenso popular y liderazgos que quedaron truncos en pasados momentos históricos por la desaparición violenta de reconocidas figuras políticas alternativas o renovadoras: Uribe Uribe, Gaitán, Camilo, Pardo Leal, Pizarro, Bernardo Jaramillo, Galán…

El nuevo liderazgo alternativo se reconoce como parte de un conjunto ampliamente plural y diverso, al que es capaz de interpretar y expresar de manera altiva y lúcida afirmando la voluntad colectiva confluyente y transformadora en camino de una nueva hegemonía.

Ahora se tiene un liderazgo que reconoce a los otros y que él mismo goza de amplio reconocimiento por el conjunto plural alternativo. Esta característica es preciso profundizarla y consolidarla institucionalizando, no simulando, instancias amplias y flexibles de pluralidad. En este liderazgo in fieri hay que acentuar la condición de figura descollante que cuenta real y efectivamente con el colectivo plural para definir posiciones y tomar decisiones fundamentales, esto es, acentuar el carácter de dirigente por sobre el de jefe o caudillo.

Organización. Organización democrática para la deliberación y la acción. Antes y ahora esta es la función básica de la organización: traducir en sinergia la inercia y la entropía de los intereses dispares de las personas, los grupos, las clases.

Solo que ahora esa función no se cumple haciendo de la organización un contenedor rígido, compartimentado y jerarquizado. En las condiciones de la sociedad informatizada y desregulada del siglo XXI la organización es un espacio de encuentro, más virtual que presencial, donde mediante la deliberación se trata de superar el caos informativo y de construir un sentido compartido de la acción respecto a lo público, lo común, lo que interesa al vivir, buen vivir y convivir de una comunidad local, regional, nacional o aun global.

Las redes virtuales que expresan nodos y los conectan en una dimensión horizontal impiden o reducen el riesgo del burocratismo que señalaba Weber como el destino casi ineludible de toda organización, incluida, por supuesto, la organización política y la institucionalidad pública. La praxis colaborativa, participativa y democrática, se facilita enormemente con la existencia de las redes virtuales cada día más incidentes y sofisticadas.

El ejercicio de ciudadanía y la militancia y activismo en causas de distinta índole, o en proyectos de naturaleza política, demandan al presente una experticia básica en la utilización de las redes virtuales. Ahora el combate es contra el analfabetismo informático. Hacer política, organizar y liderar, hoy más que en cualquier momento anterior, es comunicar y comunicarse.

Imposible dejar de observar que la virtualidad es susceptible de utilización en un sentido completamente distinto y aún contrario del que se acaba de referenciar. También el caudillismo, la imposición, el fraccionalismo y la manipulación pueden ocurrir, de hecho, ocurren, inclusive en una escala insospechada con el empleo de las redes. Como pasa con todo tipo de medios, también el empleo correcto de los medios informáticos depende de la cultura y eticidad de los usuarios.

Gobierno. Se gobierna como se vive. Todo lo dicho hasta aquí tiene esta implicación: como vives, como haces la política, así gobiernas. Los políticos, cuando triunfan, gobiernan según lo que hacen no según lo que dicen. Si no es democrático el movimiento no será democrático el gobierno. Solo si en la institucionalidad ciudadana, social y popular, partido, movimiento o coalición, se experimenta la vivencia de la potencia transformadora de la democracia, solo entonces el ejercicio del gobierno será una auténtica gesta transformadora en libertad.

Edición 752 – Semana del 23 al 29 de octubre de 2021

1 Investigador social, columnista de prensa, ensayista, integrante de Redepaz y de la Asociación de Estudios y Acción Política Democracia Hoy Demhoy. luis.sandoval.1843@gmail.com

   
 
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