Esperando a Godot

 
 
 

Como en un santo ritual de la esperanza inútil, en cada temporada electoral, los líderes, caudillos y adalides de los diversos grupos de esta fragmentada “izquierda”, junto a sus ilusionados seguidores, militantes y simpatizantes, ensayan un nuevo y contundente “pacto”, tratando de olvidar lo acontecido con las anteriores alianzas ensayadas y sus repetitivos fracasos.

 
Julio César Carrión Castro
 
Exdirector Centro Cultural – Universidad del Tolima
 
 

Solos en medio de la nada

Hacia el año de 1948 el escritor irlandés Samuel Beckett escribió, originalmente en idioma francés, la obra de teatro Esperando a Godot –Tragicomedia en dos actos– la cual sería publicada en 1952. Esta obra es una de las expresiones más claras del llamado “Teatro del Absurdo”, que desnuda la banalidad de la existencia humana, bajo las condiciones de las sociedades contemporáneas, con sujetos menesterosos, opacos, sin brillo intelectual y sin aspiraciones que, irremediablemente soportan la rutina, la monotonía, el tedio y el hastío que invade sus vidas vacías y carentes de sentido, pero que, absurdamente, continúan aún atados, como los hombres más primitivos, al porvenir de una ilusión.

Todas las ideas religiosas se sustentan en dogmas, supuestamente infalibles e incuestionables, no son conclusiones de reflexiones argumentadas o científicas: son ilusiones, afincadas en los más antiguos, intensos y apremiantes deseos de una humanidad atenazada por las necesidades. Anhelos, sueños de mejoramiento, soportados en ficciones, en fatigadas esperanzas... en fatuas ilusiones. Como sostiene Sigmund Freud, “una ilusión no es lo mismo que un error ni es necesariamente un error”“calificamos de ilusión una creencia cuando aparece engendrada por el impulso a la satisfacción de un deseo, prescindiendo de su relación con la realidad, del mismo modo que la ilusión prescinde de toda garantía real”.

La obra de Beckett nos muestra a dos personajes humildes, marginales, indigentes –Vladimir y Estragón– que atrapados, precisamente, por la idea de mejorar sus condiciones de vida, por alcanzar sus permanentes sueños de “un mundo mejor” esperan que se cumpla el advenimiento de Godot, una especie de ficticio Mesías que, a pesar de las promesas, nunca llega. Los pesares y las pesadillas que se cuentan entre ellos, los lleva incluso a contemplar la idea del suicidio, pero no desfallecen, perseveran en la espera de ese desconocido, de esa extraña figura, que nunca llegamos a saber quién es, ni lo que finalmente representa. Se sienten forzosa e inevitablemente “atados a Godot”, por algo así como “el principio esperanza” –que en su momento delineara Ernst Bloch–, pero Godot siempre posterga su anunciada venida, mientras la miseria, la explotación y el abuso continúan, como nos lo señala la aparición de otros protagonistas como Pozzo, un acaudalado explotador, y su esclavo carga-maletas Lucky –literalmente “afortunado”, en inglés– sujeto idiotizado que, de forma disparatada y torpe manifiesta una perturbadora subalternidad y obediencia a su cruel y despótico amo, permitiendo, con su desidia y conformismo, que las condiciones de opresión se perpetúe.

Todos estos personajes emplean el llanto y la risa de manera oportunista, acomodaticia y loca. Lucky baila o piensa, según se lo ordene su dueño y Didí y Gogo –apodos o nombres cariñosos con que se tratan Vladimir y Estragón–, asimismo llevan sus falsas vidas, con la convicción de que les es imposible separarse, de que necesitan estar juntos, cumplir un “pacto histórico” o una “alianza estratégica” de unidad alrededor de esa esperanza salvífica que encarna el imaginario Godot, así la supuesta “alianza” no signifique nada distinto a esa especie de calor que da el estar juntos.

Estos personajes que no logran entenderse, a pesar de estar constantemente hablando, sometidos a una ilusión, a una utopía irrealizable, me llevan a establecer una comparación, a señalar el asombroso símil que tiene esta obra del teatro del absurdo –¿o quizá sea del realismo mágico? – con la incoherente tragicomedia de los pactos políticos y de las esperas infructuosas de la llamada “izquierda” en Colombia.

Como en un santo ritual de la esperanza inútil, en cada temporada electoral, los líderes, caudillos y adalides de los diversos grupos de esta fragmentada “izquierda”, junto a sus ilusionados seguidores, militantes y simpatizantes, ensayan un nuevo y contundente “pacto”, tratando de olvidar lo acontecido con las anteriores alianzas ensayadas y sus repetitivos fracasos. Descaradamente repiten la misma convocatoria a los politicastros, a los gamonalitos, a los figurones y a los oportunistas, absortos solamente en obtener las “mayorías” que, muy seguramente, seguirán conformes permitiendo con su desinterés, pereza y abandono, –como la del personaje Lucky– que las condiciones de abuso y sumisión tengan una continuidad aberrante. Satisfechos insatisfechos, como Estragón y Vladimir, seguirán resignados viviendo en la cotidianidad del hastío y la basura, en espera de la próxima contienda electorera, en que emprenderán un nuevo “pacto histórico”, una nueva “coalición de la esperanza”, con los politiqueros de siempre, con los astutos negociantes y “emprendedores” de la continuidad, para distraernos del cotidiano aburrimiento, mientras se sigue aguardando la llegada de Godot…

Edición 752 – Semana del 23 al 29 de octubre de 2021
   
 
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