Los docentes y Fecode como enemigos de la sociedad: la anacrónica estrategia del uribismo en tiempos de elecciones

 
 
 

Al no contar con las Farc como un enemigo interno que requiere el ejercicio de la estigmatización, la represión y la violencia legal y paralegal, el Uribismo tuvo que reinventar nuevos enemigos. Frente al caso de los profesores, especialmente aquellos que están adscritos a Fecode, existe una larga historia que evidencia cómo estos han sido víctimas del Estado y de grupos armados ilegales.

 
Juan Carlos Amador
 
Profesor de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas (DIE-UD)
 
 

La figura amigo/enemigo es una vieja estrategia empleada por los regímenes totalitarios para legitimar un grupo político, un partido único o una élite que busca perpetuarse en el poder por medio del señalamiento, la estigmatización y la deshumanización de sus opositores. Esta estrategia fue tempranamente planteada por Carl Schmitt, quien, hacia 1932, afirmó que lo político en una sociedad es un aspecto esencial para garantizar su óptimo funcionamiento. Según Schmitt, así como en lo moral la dicotomía bueno y malo son necesarias, y así como en la estética la relación binaria bello y feo resultan dependientes, en lo político la distinción amigo/enemigo da cuenta de las condiciones reales de amenaza y lucha que debe enfrentar cualquier sociedad. Esto significa que, alrededor del agrupamiento amigo/enemigo, siempre está latente la posibilidad de la guerra, la cual determina el pensamiento y la acción del hombre. Este modo de asumir la realidad social, según este intelectual Nazi, adscrito al régimen de Hitler entre 1933 – 1936, orienta al ciudadano del común en “un comportamiento político adecuado”.

Aunque el pensamiento fascista y las estrategias de humillación, degradación y desaparición de grupos, pueblos y culturas han sido internacionalmente rechazadas y condenadas después de la Segunda Guerra Mundial, especialmente en el marco de los juicios llevados a cabo tras el holocausto judío, durante los últimos sesenta años diversos grupos de orientación conservadora, antidemocrática y ultraderechista han recuperado muchos de estos discursos y prácticas, no solo porque se identifican con estos idearios sino porque les resultan efectivos electoralmente. Además de casos muy conocidos ocurridos a lo largo de la Guerra Fría, varios grupos políticos y gobiernos en América Latina y el Caribe han adoptado esta ideología sin mayores reservas.

En el caso de Colombia, se puede afirmar que parte de su historia reciente ha estado atravesada por estas representaciones hegemónicas. La violencia bipartidista entre liberales y conservadores, la supuesta existencia de “repúblicas independientes” (El pato, Sumapaz, Riochiquito, El Ariari, entre otras) que debían ser exterminadas en tiempos del presidente Guillermo León Valencia y la implementación del Plan Colombia en la fallida administración de Andrés Pastrana, entre otros casos, ilustran que la objetivación de un enemigo, al que se le demoniza, se constituye en un mecanismo efectivo para alcanzar popularidad, desconocer la diferencia como otra posibilidad y validar el uso de “la violencia legal” como dispositivo para resolver los conflictos o pacificar a la fuerza a la sociedad. Uno de los proyectos políticos que ha logrado más éxito en el uso de la estrategia amigo/enemigo, durante los últimos 20 años, es el Uribismo.

En columnas anteriores se ha analizado cómo el mecanismo por el cual se catalogó a la insurgencia como grupo terrorista y enemigo de la sociedad en los ámbitos nacional e internacional hizo posible un respaldo popular sin precedentes alrededor de la figura del presidente Álvaro Uribe y su proyecto parainstitucional, entre 2002 y 2010. En lo nacional, el enemigo interno fue las Farc, un grupo armado al que se debía enfrentar con toda la determinación militar, logística y tecnológica, situación que justificaba una reorganización profunda de las fuerzas armadas. Esta orientación profundizó la guerra en varias regiones del país y acostumbró a las audiencias a observar desde la distancia las masacres, las ejecuciones extrajudiciales y los rescates militares como parte de un espectáculo mediático. En lo internacional, el enemigo estaba representado por el gobierno de Venezuela, aunque también por algunos países que hicieron parte del llamado “socialismo del siglo XXI”. El rechazo a otros modos de gobierno, la estigmatización de poderes alternativos y la condena al socialismo como sinónimo de terrorismo y miseria se constituyeron en las narrativas más recurrentes para legitimar un proyecto de ultraderecha que en lo económico y político benefició a hacendados, ganaderos, grandes empresarios, políticos tradicionales y medios de comunicación adscritos al establecimiento.

Luego de que Juan Manuel Santos se hiciera elegir con esta misma estrategia, y luego de que decidiera dar un viraje a favor de la firma de un acuerdo de paz con las Farc, el proyecto Uribista temporalmente entró en crisis. A esto se suman los evidentes vínculos de este proyecto con el paramilitarismo, las denuncias sobre prácticas de expropiación violenta de tierras para favorecer a terceros, el escándalo internacional por las ejecuciones extrajudiciales de jóvenes pobres, así como la complicidad de este sector en la connivencia de las fuerzas militares con diversos grupos armados, especialmente dedicados al control de rutas del narcotráfico en varias regiones del país. Sin embargo, luego de que la mayoría de funcionarios y amigos cercanos a Álvaro Uribe resultaran detenidos y condenados por varios de estos hechos, este proyecto político inició una especie de “reingeniería” por medio de la conformación de nuevos cuadros y campañas de marketing político, incluso mostrando figuras jóvenes, pero empleando la misma estrategia amigo/enemigo.

Fue así como durante la campaña para refrendar el Acuerdo de Paz firmado entre el Gobierno y las Farc en 2016, el Uribismo nuevamente aplicó este mecanismo. El entonces gerente de la campaña por el No al plebiscito, Juan Carlos Vélez, declaró al diario El Espectador (6 de octubre de 2016) lo siguiente: “apelamos a la indignación, queríamos que la gente saliera a votar berraca…un concejal me pasó una imagen de Santos y Timochenko con un mensaje de por qué se le iba a dar dinero a los guerrilleros si el país estaba en la olla. La publiqué en Facebook, tuvo un alcance de seis millones”. Aunque la campaña del No triunfó en las urnas, y aunque la financiación de esta por parte de empresas como la Organización Ardila Lülle, el Grupo Bolívar, el Grupo Uribe y Colombiana de Comercio (dueños de Alkosto) fue fundamental, el Acuerdo de Paz se firmó el 24 de noviembre de ese mismo año. Como es sabido, esto hizo posible la desmovilización de más de 6.000 personas de este grupo guerrillero y la consecuente implementación de los puntos del Acuerdo. No obstante, una vez llegó Iván Duque a la presidencia, el nuevo gobierno se dedicó a “hacer trizas” el Acuerdo de Paz.

Al no contar con las Farc como un enemigo interno que requiere el ejercicio de la estigmatización, la represión y la violencia legal y paralegal, el Uribismo tuvo que reinventar nuevos enemigos, entre ellos, opositores políticos, defensores de derechos humanos, líderes sociales y ambientales, campesinos, indígenas, jóvenes y profesores. Frente al caso de los profesores, especialmente aquellos que están adscritos a Fecode (Federación Colombiana de Trabajadores de la Educación), existe una larga historia que evidencia cómo estos han sido víctimas del Estado y de grupos armados ilegales. De acuerdo con el informe entregado por esta entidad a la Comisión de la Verdad, titulado “La escuela, un territorio que resiste a la guerra” (2021), existen más de 1.100 registros de docentes asesinados entre 1986 y 2016, en el marco del conflicto armado. Dado que, en el tiempo, ante el abandono estatal, muchos profesores han ejercido actividades como líderes sociales, voceros de la comunidad y gestores de proyectos alternativos, estos se han convertido en víctimas de los actores armados, quienes, sin argumento alguno, buscan incorporarlos en algún bando o señalarlos como objetivo militar (Escuela Nacional Sindical, 2011).

A pesar de las destacadas contribuciones de los profesores en la construcción de la nación en Colombia, así como de las movilizaciones que han tenido que adelantar por la defensa de la educación pública y por sus derechos laborales, este complejo panorama ha traído consigo la configuración de una representación predominantemente negativa de estas personas en algunos sectores de la sociedad. Esto explica, tal vez, por qué las figuras de Pablo Escobar, de un reguetonero de moda o de un influenciador que hace competencias por streaming con su novia para demostrar quién tiene peor ortografía resultan más atractivas que el legado de maestros como Simón Rodríguez, Ángela Restrepo, Virginia Gutiérrez, Alfredo Correa de Andréis, Héctor Abad Gómez o Yeimy Pachón, por nombrar solo algunos.

Por si esto fuera poco, desde 2017, varios alfiles del Uribismo han diseñado estrategias de difamación contra los profesores y Fecode con el fin de convertirlos en enemigos de la sociedad. Es así como en 2019, los senadores Álvaro Uribe y Fernando Araujo acusaron a los docentes de colegios oficiales de “adoctrinar a los estudiantes”. Esto hizo que el representante a la Cámara Edward Rodríguez anunciara la radicación de un proyecto de ley para prohibir a los docentes hablar de política en el aula y sancionar a aquellos que inciten a sus estudiantes a participar en movilizaciones. Recientemente, en el contexto de las elecciones al Congreso 2022, algunos de los candidatos del Centro Democrático han vuelto a referirse a los profesores. Por ejemplo, el candidato Miguel Polo Polo expresó en sus redes sociales: “Si llego a la Cámara presentaré los proyectos de ley que sean necesarios para asfixiar a Fecode hasta que dicho sindicato desaparezca”. Por su parte, la candidata Margarita Restrepo, de este mismo partido, posteó el 17 de febrero por Twitter: “No más adoctrinamiento en las aulas, no más paros, no más Fecode”. Y, para corroborar que estas declaraciones no son coincidencia, el pasado 15 de febrero, luego de que fueran instaladas unas vallas del candidato por el Partido Verde, Inti Asprilla, que dicen: “Paraco el pueblo está berraco”, inmediatamente el llamado “Gran Colombiano” respondió por Twitter: “Este joven Asprilla parecía muy inteligente, será que Fecode lo adoctrinó y le redujo la mente a la pequeñez de un corozo de ardilla”.

Al hacer un análisis de estos discursos, se observa que existen tópicos predominantes en estas publicaciones que buscan no solo devaluar la imagen de Fecode sino orientar acciones para su desaparición o supresión (incluyendo la de los profesores), por ejemplo, “adoctrinamiento”, “paro”, “dar fin” y “asfixiar”. Además de la deslegitimación de la imagen del Magisterio y de su sindicato, estos hechos son de mucha gravedad, dado que en un país donde alguien da la orden y otros ejecutan la acción de deshumanizar, estas declaraciones pueden contribuir a un mayor derramamiento de sangre, tal como ocurrió con el genocidio político de la Unión Patriótica, en la década de 1990, o con la eliminación sistemática de líderes sociales y firmantes de la Paz, después de 2016. Vale recordar que, durante el Gobierno de la “paz con legalidad”, según Indepaz, han sido asesinados 1270 líderes sociales y 299 firmantes del acuerdo, han sido desplazadas comunidades de 115 municipios y se han registrado cerca de 200 masacres.

En este contexto, justamente, el pasado 17 de enero fue asesinado el profesor Mario Palomino (conocido como Mar-Rio) en Carmen de Viboral (Antioquia). De acuerdo con el homenaje que realizaron los profesores Yesid González y Cristian Bedoya, a través de una nota para el portal La Hojarasca, “Pierde el magisterio a un profe con carácter, con conciencia y coherencia, cualidad escasa incluso entre quienes tenemos esa obligación; y quienes lo conocimos perdemos a un parcero siempre abierto al debate, a aprender y enseñar. Su familia dolida despide a un ser querido con sólo 35 años, padre de tres hijitos que al mirarlos lo evocan mucho. Seguro con Mar-Rio pasará como dice el poema de Ernesto Cardenal: Creyeron que te enterraban. Y lo que hacían era enterrar una semilla”. La sociedad colombiana no puede seguir creyendo en un proyecto político que, por medio de una anacrónica lógica basada en la eliminación de los supuestos enemigos de la sociedad, está acabando con la vida de personas quienes, por medio de su ejercicio pedagógico, buscan que los niños, las niñas y los jóvenes exijan dignidad, vivan sin humillaciones y aprendan a ser críticos.

Edición 766 – Semana del 19 al 25 de febrero de 2022
   
 
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