A Hannah Arendt con amor
(una lectura recobrada)

 
 
 

Hace ya 10 años, con motivo del estreno en París de la película Hannah Arendt, de la directora alemana Margarethe von Trotta, escribí un texto sobre ella, con el propósito de animar a mis amigos a ver esa extraordinaria película. El texto tenía entonces como fin “que mis amigos también se regocijaran con el pensamiento político de Hannah Arendt, una de las figuras más significativas de la filosofía alemana de la segunda mitad del siglo XX”... Para el Semanario saco hoy de nuevo a la luz este texto, ligeramente editado, pero con el mismo título: “A Hannah Arendt con amor”.

 
Efraín Jaramillo Jaramillo
 
Colectivo de Trabajo Jenzera
 
 

Hace ya siete décadas que se publicó The Origins of Totalitarianism —Los Orígenes del Totalitarismo1— de Hannah Arendt. Con la invasión de Putin a Ucrania, este texto cobra un notable significado, ya que allí Hannah Arendt desarrolla el concepto del totalitarismo, como un medio del Estado para sustituir la política por el terror, tal como viene sucediendo en Rusia: El “Estado total como terror total” (Fernando Mires). Un Estado total, que “...dirige y vigila todos los aspectos de la vida cotidiana y la práctica política de un país, ...controlando los poderes del Estado, decidiendo sobre las leyes, las instituciones, la política, la cultura, el arte, los medios de comunicación, el tiempo libre..., sometiendo todo, absolutamente todo, al poder del Estado..., así operó el Estado totalitario nazi de Hitler y el Estado totalitario comunista de Stalin...”, al decir de Anne Applebaum; y así viene operando el Estado totalitario de Putin.

Hace ya 10 años, con motivo del estreno en París de la película Hannah Arendt, de la directora alemana Margarethe von Trotta2, escribí un texto sobre ella, con el propósito de animar a mis amigos a ver esa extraordinaria película, pues las admirables imágenes y los acertados razonamientos y diálogos que ofrece Von Trotta, me habían transportado con nostalgia a aquellas reflexiones filosóficas y políticas de Hannah Arendt, que nos iniciaron en el pensamiento crítico y nos indujeron a reflexionar en términos interculturales, sobre todo, nos apartaron —para pesar mío, un tanto tarde— de credos ideológicos en boga, durante mi época de estudiante en Alemania. El texto tenía entonces como fin —lo decía en aquel momento— “que mis amigos también se regocijaran con el pensamiento político de Hannah Arendt, una de las figuras más significativas de la filosofía alemana de la segunda mitad del siglo XX, a la cual muchos de mi generación, debemos lo más importante del desarrollo de nuestra vida intelectual”. Para el Semanario Virtual Caja de Herramientas de la Corporación Viva la Ciudadanía, saco hoy de nuevo a la luz este texto, ligeramente editado, pero con el mismo título: “A Hannah Arendt con amor”.

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Hannah Arendt nació en Hannover (Alemania) el 14 de octubre de 1906, en el seno de una holgada familia judía. Entre 1924 y 1929 cursó estudios de filosofía y teología, primero en Marburgo, después en Friburgo y, finalmente, en Heidelberg, donde obtuvo el doctorado en filosofía bajo la dirección de Karl Jaspers. Además de Jaspers, tuvo como maestros a Edmund Husserl y Martin Heidegger. Con el ascenso de Hitler al poder en 1933, emigró a Francia. El régimen nazi la despojó de la nacionalidad alemana en 1937. Con la ocupación del Norte de Francia por el ejército alemán huye al Sur del país, donde el régimen colaboracionista de Vichy la recluye en 1939 como “apátrida”, en Gurs, un “campo de internamiento” para “enemigos extranjeros”3. De allí logra escapar y evita ser deportada a un “campo de concentración” en Polonia. Logra huir a los Estados Unidos con su madre y su marido. Se establece definitivamente en Nueva York, donde muere el 4 de diciembre de 1975.

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En su obra más conocida, “Los orígenes del totalitarismo” (1951), Hannah Arendt analiza el imperialismo del siglo XIX y los regímenes totalitarios del XX, buscando reconstruir los acontecimientos histórico-políticos que convergieron en el antisemitismo y en otras formas de degradación de la dignidad humana. En 1958 publicó “La condición humana”, obra en la que analiza conceptos como democracia, poder, dominio y violencia, texto en el cual aflora de forma diáfana su pensamiento independiente, que escapaba a las dicotomías de izquierda-derecha, habituales de la época, negándose a ser catalogada como marxista o liberal, progresista o conservadora. Esta obra, junto a otros trabajos de “filosofía”4 que reivindican la discusión política libre, la lleva a examinar de forma crítica la democracia representativa y a abogar por un sistema de consejos o formas de democracia directa, entendiendo la política como participación y como virtud cívica y acción, que busca el bien común; y a defender un concepto de “pluralismo” en el ámbito político, pues para ella, gracias al pluralismo, se generaría y desarrollaría el potencial de una libertad e igualdad políticas entre las personas.

Más aún, miembro de una identidad colectiva, que había sufrido toda suerte de pogromos —el nazi, aunque fue el más devastador, no fue el primero5—, para Hannah Arendt era importante en cualquier sistema político, la perspectiva de la inclusión del Otro. Esta forma de pensar, moviéndose entre diferentes campos del conocimiento y especialidades académicas, y sin ataduras ideológicas, la convierten a los ojos del mundo intelectual de su época, en una de las pensadoras más versátiles y originales del siglo XX.

En 1961 Hannah Arendt cubre para la revista The New Yorker, el juicio a Karl Adolf Eichmann, un Teniente Coronel (Obersturmbannführer) de la SS (Schutzstaffel‎) del régimen nazi, directo responsable de la “solución final”6, capturado en Buenos Aires por agentes de la Agencia de Inteligencia Israelí (Mossad). Después del juicio Hannah Arendt regresó a Nueva York, pero solo en 1963 consiguió reponerse de la crisis personal sufrida durante el juicio, y escribir las casi 500 páginas de su Eichmann in Jerusalem: A Report on the Banality of evil (“Eichmann en Jerusalén. Un informe sobre la banalidad del mal”), considerado uno de los más importantes ensayos de ciencia política del siglo XX.

Este “informe” es el argumento de la película que busca dar cuenta de la polifacética biografía de Hannah Arendt, sobre todo de su pensamiento. En el filme, que empieza con el secuestro de Eichmann en mayo de 1960 en Buenos Aires —ciudad donde llevaba una vida de incognito con el nombre de Ricardo Klement— Margarethe von Trotta acude a imágenes de archivo y a recurrentes y acertados “flashbacks” para mostrar muchos pasajes de la vida de Hannah Arendt. Seguramente para los conocedores y estudiosos de Hannah Arendt, la película deja muchas lagunas. Para sus discípulos menos aventajados, el filme nos impresionó tanto, que hoy más de uno se encuentra leyendo o releyendo uno que otro de sus variados ensayos que tienen a mano. Allí radica la genialidad de la cineasta Margarethe von Trotta, que partiendo de un corto episodio de la vida de Hannah Arendt nos descubre la “esencia” de su vida y su pensamiento. Esto se logra, a mi juicio, a que ese episodio concentra su devenir personal y su pensamiento. Mejor: Von Trotta hace coincidir su vida con su pensamiento y su obra intelectual, pues se percata que vida, pensamiento y trabajo intelectual son en Hannah Arendt una y la misma cosa. Tal integridad en un ser humano es sorprendente y por ese ejemplo le estaremos siempre agradecidos, y, como lo expresa una locución muy usual en alemán “wir möchten seiner würdig sein”7.

Y es que este episodio en el cual se centra la película no fue un episodio más de los muchos vividos por Hannah Arendt, pues el juicio a Eichmann revivió en su memoria numerosos sucesos de su vida, la mayoría de ellos tortuosos, que la marcarían para siempre. El sólo hecho de tener ante sí al personaje responsable de las deportaciones de judíos de los territorios ocupados por el ejército alemán, a los campos de concentración para la solución final, le trajo a la memoria los trágicos sucesos vividos por sus amigos, entre ellos Walter Benjamín, que no tuvo la misma suerte que ella8; desfilaron por su cabeza pasajes de su vida en Alemania, como el de su relación sentimental con Martin Heidegger y el papel que este jugó en su vida afectiva e intelectual, relación que no dudó en romper cuando Heidegger adhirió al partido del régimen nazi (NSDAP9); también aquel momento, cuando rechazó la recomendación de Karl Jasper de considerarse alemana, reafirmando por el contrario, su condición judía y criticando la expresión “Deutsches Wesen” (Esencia alemana) empleada por Jasper, una expresión que se relacionaba con aquella desventurada frase “Am deutschen Wesen mag die Welt genesen”10 (“En la naturaleza alemana reside la salvación del mundo”), puesta en boga por líderes nazi. En la medida que recordaba la barbarie nazi, más le repugnaba el “acomodamiento” o “adaptación” (Gleichschaltung) al régimen nazi, de Heidegger, Jasper y otros pensadores alemanes y judíos.

Quienes esperaban ver en Adolf Eichmann a un Sigfrido tornado en Abadon11 por obra y gracia de una ideología, se sorprendieron de ver a un personaje viejo, calvo y miope, un ser insignificante que no mostraba ni culpa ni odio y que se defendía argumentando que no tenía ninguna responsabilidad porque simplemente “estaba haciendo su trabajo”12 en el marco de la legalidad del régimen nazi, a cuyos líderes acusaba de “haber abusado de su obediencia”13. Hannah Arendt sorprendida por la simpleza de su defensa, introduce el concepto de “banalidad del mal”. Para ella Eichmann no era ni un ser perverso ni un fanático doctrinario, como sí lo era el deforme, pequeño, y nada “ario” Joseph Goebbels. La llegada de Eichmann a la SS en 1932 no fue el resultado de una reflexión largamente madurada, ni obedeció a una adhesión ideológica profunda. Más aún, Hannah Arendt afirma que Eichmann no mostraba ningún rastro de antisemitismo o daño sicológico. Y concluye diciendo, que el mal no se presentaba sólo en psicópatas como Hitler, Bormann, Goebbels, Göring o Himmler. Se presentaba también en seres “cotidianos” y triviales como Eichmann, un hombre de pocas ambiciones, un agente viajero que quería ser masón y que, por esos avatares de la vida, terminó convertido en eslabón de una cadena criminal que atentó contra la humanidad y dignidad de varios pueblos, sobre todo de un pueblo bíblico, como el judío. Para Arendt Eichmann carecía de facultades para pensar por sí mismo, era sólo un autómata, a quien le habían arrebatado la capacidad de pensar, sobre todo, de diferenciar el bien del mal, de decidir entre lo justo y lo injusto.

Para ella estos hombres “banales” han sido quizás los peores. Las palabras con las que cierra el capítulo final del libro condensan esa noción del mal que surge de lo cotidiano, de lo burocrático, el mal desplegado por un funcionario, esa banalidad del mal personificada en Eichmann: “Él cumplió con su deber...; no sólo obedeció las órdenes, también obedeció a la ley”.

Estas conclusiones de Hannah Arendt desencadenaron las más variadas reacciones de intelectuales alemanes y judíos de todo el mundo, generando una de las grandes polémicas del siglo XX. Desde aquellos que disentían de Hannah Arendt, señalando que el sentimiento antisemita de Eichmann era el “leitmotiv” de sus actos perversos y no como afirmara Hannah Arendt, de que su talante maligno era banal y no ideológico, habiendo renunciado a su autonomía de decidir, obedeciendo las órdenes de los líderes nazis; hasta aquellos que la culpaban de que su informe había deshonrado al pueblo judío y “nacía del odio a su propia condición de judía”. Pero no todos los críticos fueron tan reverentes: “¿Es nazi Hannah Arendt?”, era el título de una carta colectiva publicada por Le Nouvel Observateur.

“La imagen que habían creado era la de un ‘mal libro’; ahora han de probar que fue escrito por una ‘mala persona”, escribió Hannah Arendt, entristecida por la ruptura con sus amigos y colegas judíos, entre ellos Gershom Scholem, destacada figura dentro y fuera del judaísmo, que la acusó de “falta de corazón” y de “ausencia de amor al pueblo judío”. Esta ruptura de Hannah Arendt fue la más dolorosa; más que la experimentada con sus colegas alemanes que se adaptaron al régimen nazi. Lo que efectivamente no la afectó fue la ruptura o la línea divisoria que trazó con aquellos intelectuales que rechazaron el totalitarismo nazi, pero que a la postre terminaron acogiendo al totalitarismo comunista. Y no la afectó, pues aquí se trataba de un asunto político y no personal; y en política su integridad ética, rigor académico y búsqueda de la verdad, no dejaban espacio para licencias.

Para terminar, estas notas no serían comedidas con el pensamiento de Hannah Arendt, si no reflexionáramos, a la luz de sus enseñanzas, sobre lo que está sucediendo con la invasión a Ucrania, por el régimen totalitario de Putin, que, soñando con restaurar la gloria del imperio ruso, ha acabado restaurando el régimen de terror de Stalin, devastando ciudades, cometiendo crímenes de guerra contra civiles ucranianos, generando el éxodo poblacional más grande de Europa desde 1945 y desatando una confrontación armada que podría convertirse en una guerra mundial, con armas nucleares incluidas, como ha amenazado repetidamente el ministro de asuntos exteriores de Rusia, Serguéi Lavrov.

Pero también para reflexionar sobre lo que estamos haciendo en Colombia por encontrar el camino hacia la paz. ¿A cuántos colombianos no se les ha humillado, desarraigado de sus tierras y mutilado sus vidas por razones culturales? Semejante a lo que vivió y sintió Hannah Arendt, ¿cuántos colombianos no han sido parias como ella, en su propio país, producto de ideologías totalitarias que les han usurpado el espacio público, excluyéndolos de todas las formas de relación intercultural, hasta el extremo de obstaculizar toda posibilidad de construir una sociedad justa?

“¿Cuántos asesinos de escritorio hemos visto desde 1962?” se preguntaba Hannah Arendt, años después del juicio, condena y ahorcamiento de Eichmann en la prisión de Ramla, cerca de Jerusalén, el 31 de mayo de 1962.

Por nuestra parte nos preguntamos: ¿Cuántos hombres sencillos, demasiado normales, hubieran sido buenos agricultores, si por hechos circunstanciales sus vidas no hubieran caído en el engranaje de la guerra interna que vive el país desde hace medio siglo?

“¿Atentados a ciegas nosotros? ¡Jamás! Siempre hay una razón. Los sindicalistas, por ejemplo, impiden trabajar a la gente. ¡Por eso los matamos!”, respondía el jefe paramilitar Carlos Castaño, en una entrevista al filósofo francés Bernard Henry Levy. Y a la pregunta de Levy: “Bueno, y el jefe de los indígenas del Alto Sinú [Kimy Pernía], ¿a quién le impedía trabajar él, ese pequeño jefe indio que bajó a Tierralta?”, Castaño respondió: “¡La represa! ¡Impedía el funcionamiento de la represa!”. Así hablaba el hijo de un hacendado antioqueño secuestrado y muerto por las Farc, una persona que cambió el rumbo de su vida, entrando a hacer parte de un aparato criminal, que ha asesinado a miles de campesinos, negros e indígenas y desplazado de sus tierras a cientos de miles de familias. ¡Banalidades del mal!

“Yo no escogí la guerra; la guerra vino por mí… Alzarse en armas era la única manera de sobrevivir”, le dijo el jefe guerrillero Pedro Antonio Marín, alias “Tirofijo”, al escritor Arturo Alape, al explicar su salto de campesino a hombre de guerra. Indudablemente era la víctima de un régimen fascistoide que desencadenó una década de persecución a campesinos liberales, época conocida tristemente con el lapidario nombre de “La Violencia”, que costó la vida a más de 200.000 campesinos. Laureano Gómez, político colombiano influenciado por el fascismo y nacionalsocialismo había reaccionado así contra la República liberal de los años 30. Según la retórica de Gómez, el ascenso de los liberales al poder se debía a un complot judío-masónico-comunista, de nivel mundial, contra la Iglesia. Tirofijo no tuvo otro camino. ¡Banalidades del mal!

En La Habana, durante los diálogos de Paz entre el gobierno colombiano y las Farc, un periodista español le preguntó a ‘Iván Márquez’ —jefe negociador de la delegación de las Farc— si esta organización guerrillera estaría dispuesta a pedir perdón a las víctimas civiles de sus acciones militares. Márquez, en tono jocoso, le pasa la pregunta a ‘Jesús Santrich’, otro negociador de las Farc: ¿Y tú que piensas? Santrich, en medio de risas, se aleja tarareando el conocido estribillo de un bolero de los Panchos: “Quizás, quizás, quizás…” ¡Banalidades del mal!

Después de varios meses de buscarlo en vano, una madre de Soacha se enteró que su hijo había sido enterrado como NN a mil kilómetros de allí. Según la versión oficial de las fuerzas militares, había sido ‘dado de baja’ en combates con el ejército. Este joven hizo parte de los cerca de 6.000 muchachos procedentes del campo o de barrios populares de Colombia, que fueron “reclutados” con promesas de trabajo, para después ser asesinados y presentados como “guerrilleros muertos en combate”, una práctica conocida como “falsos Positivos”. Estos hechos sucedieron entre el 2006 y 2009 en el marco de un programa de incentivos —ascensos, licencias especiales u otras retribuciones de orden económico— a integrantes del Ejército Nacional que mostrarán resultados contra los grupos insurgentes. Lo que no supo, o no le importó al reclutador de estos jóvenes, era que uno de estos muchachos, a quién su madre buscaba afanosamente, era discapacitado mental. ¡Banalidades del mal!

Y que podemos decir de aquellos buenos ciudadanos colombianos que dicen amar a su Patria y se escandalizan por la violencia que vive el país, pero que obnubilados por una ideología, denuncian las atrocidades de un grupo armado, mientras relativizan, o aún, exculpan de sus crímenes al grupo de sus afectos ideológicos, pues por la vía de los hechos de la guerra, perdieron la decencia y quedaron aprisionados en esa dinámica perversa que los lleva a decir que, “las balas matan por igual, pero hay balas que tienen razón”. ¡Banalidades del mal!

Edición 776 – Semana del 7 al 13 de mayo de 2022

1 Arendt, Hannah: Los orígenes del totalitarismo. (1974 primera edición en español).

2 Margarethe von Trotta es la realizadora de tres películas más sobre la vida de otras célebres mujeres alemanas, como Rosa Luxemburgo, filósofa y teórica marxista de origen judío, Gudrun Ensslin en bleierne Zeit (“años de plomo”), hija de un pastor evangélico que se convirtió en la cabeza intelectual del grupo terrorista Baader-Meinhof; y de la poeta y compositora medieval Hildegard von Bingen, escritora de textos teológicos y botánicos. El papel de estos cuatro personajes fue representado por la talentosa actriz de teatro y cantante alemana Barbara Sukowa.

3 Sobre estos hechos escribiría: “Fuimos expulsados de Alemania porque éramos judíos. Pero apenas cruzamos la frontera francesa, nos convirtieron en “boches” [término despectivo de los franceses para referirse a los alemanes]. Aparentemente nadie quiere saber que la historia contemporánea ha creado una nueva clase de seres humanos: la clase de los que son confinados en campos de concentración por sus enemigos y en campos de internamiento por sus amigos”.

4 Arendt no aceptaba ser catalogada como “filósofa” y no admitía que sus trabajos fueran recogidos con el término de “filosofía política”. Prefería que sus publicaciones fueran clasificadas dentro de la “teoría política”.

5 Ni en Alemania, donde se habían presentado pogromos en la Edad Media (Frankfurt 1622). También en la Rusia zarista —en ruso pogromo significa “devastación”—, donde se prolongaron hasta la revolución bolchevique en 1917, cuando fueron perseguidos como miembros de la población más acaudalada, pero también por fuerzas pro zaristas (ejército “Blanco”) como partidarios (judíos pobres) de la revolución.

6 Exterminio general de los judíos confinados en los campos de concentración.

7 Algo así como “Quisiéramos ser dignos de ella”.

8 Benjamín se suicidó en Portbou (frontera franco-española), cuando buscaba llegar a Lisboa para embarcarse a los Estados Unidos. Hannah Arendt llegó a Portbou en octubre de 1940, buscando la tumba de su amigo, pero nadie supo indicarle el lugar. Se había enterrado al filósofo y fugitivo judío con otro nombre.

9 Nationalsozialistische Deutsche Arbeiterpartei (Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán) fundado en 1921.

10 Del poeta alemán Emanuel Geibel (1815-1884).

11 Es el “Ángel del abismo sin fondo” en el libro del Apocalipsis. (Abadon significa en hebreo “destrucción” o “perdición”).

12 Al comienzo del juicio trató de excusarse manifestando que, yo sólo controlaba la puntualidad de los trenes.

13 Mientras cubría los aspectos técnicos del juicio a Eichmann, Hannah Arendt exploraba algunos temas inherentes al juicio, tales como la naturaleza de la justicia, la conducta de la dirigencia judía durante el régimen nazi y lo que desató la controversia, la naturaleza misma del mal. La angustiaba no encontrar una explicación plausible para la horrorosa maldad de los actos de Eichmann.

   
 
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