La precariedad de la labor docente

 
 
 

No se considera al maestro como alguien digno de reconocimiento social y se señala el carácter subalterno de su labor, tal vez porque en sus orígenes históricos los maestros fueron esclavos y lacayos, además, porque los educadores, en última instancia, han sido los principales agentes de la adaptación, la normalización y la estabilidad social.

 
Julio César Carrión Castro
 
Universidad del Tolima
 
 

En el día de los educadores…

“Qué grande debe de ser la repugnancia de las generaciones futuras al ocuparse de la herencia de una época en la cual no regían hombres vivos sino apariencias humanas con opinión pública”.
F. Nietzsche

¡Qué amarga es la vida de los ‘solitarios maestros’, amancebados con sus viejas ‘verdades incomprendidas’!
Manjarrés

El ultraderechista gobierno cristiano-falangista de Laureano Gómez, siguiendo las directrices y disposiciones del Vaticano y del Papa Pío XII, mediante el Decreto 996 de 1951 estableció: “Artículo 1°. – Declárese DÍA OFICIAL DEL EDUCADOR en Colombia, el día 15 de mayo de cada año, fiesta de San Juan Bautista de la Salle, Patrono de todos los maestros y profesores, educadores de la niñez y de la Juventud”. Esta celebración se ha venido cumpliendo rutinaria y “religiosamente” en Colombia, con el beneplácito de los educadores y sus diversas organizaciones.

Como queriendo establecer una especie distinta de “reconocimiento” al arduo quehacer de estos “abnegados servidores” que, además, ahora parecieran estar “gozando” de un supuesto “descanso” en estos tiempos de pandemia y de desescolarización casi total –por las carencias infraestructurales y la dejación estatal– he considerado conveniente presentar algunas reflexiones al respecto:

La precaria identidad de esos “grandes hombres incomprendidos”, como tan acertadamente denominara a los educadores Fernando González en su texto de 1941, “El maestro de escuela”, expresa claramente el drama de un proletariado intelectual que, habiendo perdido el liderazgo social y cultural –y con él la seguridad de su propio yo– ayer bajo el influjo de los gamonales, la clerigalla y los politiqueros y hoy, además, subordinados, no sólo a los perentorios lineamientos trazados por el omnipresente Estado, sino, también, a las directrices impuestas por las transnacionales del conocimiento y las imperialistas tecnologías del poder. Proletariado intelectual que, inexorablemente, anda en una constante búsqueda de reconocimiento social y mejor trato, llevando la pesada carga de su penuria, como lo señaló Fernando González, tomando como ejemplo a “Manjarrés”, el personaje de la novela que, según dice en el mencionado texto, era flaco pero “había nacido para gordo: era un enflaquecido, flacura de maestro de escuela”, y vivía arrastrando consigo una especie de olor a cadaverina, –que, según González, parece incorporado a los menesterosos cuerpos de todos los maestros– que llevan siempre una absurda “conciencia de pecado” y de vergüenza.

Esa “menesterosidad de la práctica pedagógica”, tan cargada de necesidades, de fracasos y desilusiones, esa permanente “conciencia de pecado”, ha hecho que muchos maestros consideren su profesión como algo pasajero, transitorio, fugaz y, por esa vía, marchen a la deserción y al abandono, cuando no a la asunción de comportamientos conformistas, acomodaticios, u oportunistas; trepadores y hasta nihilistas, con respecto a sus cotidianas actividades. Los maestros consideran, no sin razón, que todo aquello en lo que los atarean y ocupan, carece de sentido y de importancia social. Casi siempre los educadores asumen su oficio como algo transitorio y, permanentemente, están buscando “mejores oportunidades”.

Y no son gratuitas estas apreciaciones: Theodor W. Adorno, uno de los más destacados filósofos de la Escuela de Frankfurt, pronunció en el Instituto de Investigación Docente de Berlín en el año de 1965 una conferencia titulada “Tabúes relativos a la profesión de enseñar”. En dicha conferencia señalaba Adorno que la docencia comparada con otras profesiones académicas como la abogacía o la medicina posee cierto aroma de algo socialmente no del todo aceptado. La aversión que siente la opinión pública contra la profesión docente obedece a una serie de consideraciones y motivaciones que tienen hondas raíces sociológicas y psicológicas.

No se considera al maestro como alguien digno de reconocimiento social y se señala el carácter subalterno de su labor, tal vez porque en sus orígenes históricos los maestros fueron esclavos y lacayos, además, porque los educadores, en última instancia, han sido los principales agentes de la adaptación, la normalización y la estabilidad social. Quizá por eso esta profesión provoca una fuerte reacción entre quienes, consciente o inconscientemente, se aferran al principio de placer, opuesto al principio de realidad y a la cordura que establece la normatividad social y el superyó. En este sentido la pedagogía, la escuela y los maestros tienen un carácter represivo y alienante, porque sistemáticamente modifican y adecúan los instintos y pulsiones a las exigencias de la vida en sociedad, a los procesos de estandarización y regulación, requeridos por los poderes establecidos, para el mantenimiento de las relaciones sociales de producción, que ellos detentan.

Adicionalmente tenemos que reconocer que la constante labor de los maestros, como lo analizara Michel Foucault en su libro “Vigilar y Castigar”, ha contribuido a la conversión de los cuerpos en objetos del poder. La coerción ininterrumpida, el control minucioso sobre los individuos y la búsqueda del encauzamiento de las conductas, mediante la aplicación de una anatomía política, cruel y detallada, llevarían a la imposición de lo que denominó con tanta propiedad, la “microfísica del poder”.

Para Foucault toda la meticulosidad de la pedagogía cristiana –expresada fehacientemente en la obra de Juan Bautista de La Salle, precisamente el impuesto “patrón y guía de los educadores cristianos”–, con la pormenorizada distribución de los individuos, su aislamiento, localización y vigilancia, con la mirada sancionadora y clasificadora de docentes y discentes, la penalidad del tiempo –los retrasos, las demoras, las ausencias–, el castigo por los descuidos y faltas de atención, por la desobediencia, el irrespeto y la insolencia, así como las sanciones por las “actitudes incorrectas”, los “gestos impertinentes” y la grosería, con el control de las palabras y los gestos, con las recompensas y castigos, inaugura esa microeconomía de una penalidad perpetua, esa “microfísica del poder” que ha garantizado la subalternidad silenciosa, tanto en los educandos como en los trabajadores…

Claro, desde la perspectiva de la fe cristiana, todas estas imposiciones normalizadoras y reguladoras, se dice que siempre han estado encaminadas hacia la búsqueda del bien, del bienestar, de los ingentes “rebaños de creyentes”.

Las órdenes religiosas han sido maestras de la disciplina y el rigor sobre el cuerpo, por ello lograron fijar esquemas anatomo-cronológicos de comportamiento, logrando, efectivamente, que el tiempo penetre en la conducta y en el cuerpo de los sujetos sometidos y que los crono-sistemas (el rigor del reloj, de las campanas, de los silbatos y las señas) fácilmente se impongan, no sólo en el mundillo escolar, sino, también, en el de los obreros y burócratas del sistema capitalista contemporáneo.

Esos amplios y catastróficos “desarrollos” científicos, tecnológicos y bélicos, en gran medida logrados gracias al entramado educativo, académico e investigativo, hoy pretenden mostrárnoslos –gracias a la cotidiana labor de los maestros y la escuela– como imbuidos de “neutralidad” y compromiso humanista, en esta decadente civilización excluyente, superficial y moribunda que dice representar el final de la historia. Civilización que se complace en contemplar y publicitar los dudosos alcances de una razón instrumental, tan petulante como precaria, como si se tratase de los mayores logros de su genio, en contravía de la multidimensionalidad del espíritu humano, del goce existencial y el vitalismo.

Ante la catástrofe civilizatoria que nos ha correspondido vivir, los maestros deberían aprender a enfrentar la utilización que se hace de su oficio, ese condicionamiento, esa tarea de pastores, domesticadores, adiestradores y vigilantes, de las nuevas generaciones en este “parque humano” que denominara Peter Sloterdijk; entender, como al final de su vida lo lograra el “Manjarrés” de Fernando González: Que es amarga la vida de los “solitarios maestros”, amancebados con las estructuras del poder, pero lloriqueando por unas imaginarias “viejas verdades incomprendidas”. Entender que las distintas formas de dominación, apropiación y expansión del capitalismo siempre han requerido de curas y maestros para que, desde el sistema religioso-domesticador-educativo, al servicio de los Estados y de las clases dominantes, ayuden a la serena conducción del ganado humano.

Una nueva agenda para la educación debería contemplar, de manera ineludible, la superación de esa terrible depauperación social, económica, política y cultural que padecen los maestros, así como dar por terminada la subalternidad acrítica a los poderes estatales, a que históricamente han estado sometidos, porque, como lo aseverara Federico Nietzsche, se requieren maestros que vayan más allá del “servicio al Estado” y entiendan que lo suyo es, fundamentalmente, un quehacer en pro de la humanidad, y que, por ello mismo, “es necesario que el maestro ponga a sus discípulos en guardia contra él”.

Edición 776 – Semana del 7 al 13 de mayo de 2022
   
 
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