La crisis energética global

 
 
 

El mundo se encamina hacia una nueva normalidad y hacia un nuevo orden económico mundial signado por el conflicto, cuyas consecuencias se pueden prolongar en el tiempo. El mundo no volverá a ser el mismo después de la pandemia del Covid-19 y de la repudiable y repudiada invasión rusa a Ucrania.

 
Amylkar D. Acosta Medina
 
Miembro de Número de la ACCE
 
 

La globalización

Moraleja: ¡la energía más costosa es aquella de la que no se dispone justo en el momento en que se requiere!

El visionario gurú de la tecnología, el canadiense Herbert Marshall McLuhan, con su concepto de la Aldea global se adelantó al de la globalización, en el que todos los países están interconectados y son interdependientes unos de otros, aunque no todos tienen el mismo peso específico, el cual está determinado por el tamaño y solidez de sus economías, así como por la magnitud de sus recursos naturales, renovables y no renovables, amén del poder y la influencia política ejercida en el ámbito mundial.

Esa compleja red de interacción entre los países a la que da lugar la globalización explica el efecto mariposa al cual aludió Leonard Smith en su obra Caos: una breve introducción, dando lugar al proverbio chino según el cual el aleteo de una mariposa en un lugar remoto puede producir una tormenta al otro extremo del mundo. Otra forma de ejemplificar esta metáfora es observando de qué modo si se lanza una piedra al centro de un estanco de agua, se forman ondas concéntricas cuyos radios aumentan con el tiempo. De allí que las crisis en la era de la globalización se propagan, de manera sincronizada, a través de los vasos comunicantes del comercio y los flujos financieros.

Las consideraciones anteriores nos permiten poner en contexto la crisis energética global, que se originó en la Unión Europea, con epicentro inicial en España, extendiéndose primero a los demás países del viejo continente y posteriormente al resto del mundo. Este no se había terminado de reponer de la gran crisis económica provocada por la pandemia del Covid-19, cuando apenas los medios daban cuenta de los primeros retoños verdes de la recuperación y la reactivación de la economía, se puso de manifiesto el desbalance entre la oferta y la demanda de los energéticos.

La espiral alcista de los precios

A consecuencia de la recesión económica global del 2020 se contrajo la demanda por petróleo, carbón, gas y electricidad, afectando las inversiones y la actividad del sector minero-energético. Cuando se revierte dicha tendencia y la demanda repunta, lo hace a un ritmo mayor que la oferta, que tarda en reaccionar, provocando una espiral alcista de los precios. A ello se vino a sumar el hecho de que, pese a los avances de la Transición energética mediante la expansión de la capacidad de generación de energías renovables, la misma resultó insuficiente para satisfacer la demanda. En España particularmente se dispararon los precios y las tarifas de electricidad, alcanzando los 306.33 euros (US $345) el KWH, incrementándose el 421.86% con respecto al precio de un año atrás, el más alto registrado en toda la serie histórica.

Y no era para menos, dado que los precios del petróleo, del carbón y del gas tuvieron alzas inusitadas. El petróleo que se cotizó a un precio de US $55.49 el barril en febrero de 2020 subió hasta los US $61.04 en febrero de 2021 y US $90.87 en febrero de 2022. El carbón que se transó por debajo de los US $40 la tonelada en febrero de 2020, su precio escaló hasta los US $173.4 en septiembre de 2021. Por su parte el precio del gas natural se trepó desde los USW $3 el millón de BTU hasta los US $5.35 en febrero de 20221.

El efecto Ucrania

La execrable invasión a Ucrania por parte de Rusia desencadenó una reacción por parte de los países que integran la OTAN, encabezada por EEUU, la cual acordó tomar sanciones drásticas en su contra, empezando por el embargo petrolero que le decretó el presidente Biden. Huelga decir que esta es la primera vez que se plantea un embargo de parte de los consumidores hacia un productor de petróleo, contrario a lo que sucedió en 1973, a raíz de la guerra del Yon Kipur, cuando fueron los países árabes productores del oro negro los que se lo impusieron a los consumidores aliados de Israel2. Como es bien sabido Rusia es el primer productor mundial de gas natural, el segundo de carbón y el tercero de crudo y es, además, productor del 16% de gas natural, del 8% de petróleo y del 5% del carbón que consume el mundo. De hecho, sumadas las exportaciones rusas de carbón, gas y petróleo representan el 55% del total de sus exportaciones (¡!).

En el caso particular del Reino Unido y de la Unión Europea, Rusia es el proveedor del 47% del gas natural, del 20% del carbón y del 27% del petróleo que consumen. Por ello, es más fácil para los EE. UU. dejar de importarlos que, para ellos, toda vez que, gracias a la revolución del fracking, logró convertirse en lo que llamó el expresidente Obama la Arabia Saudita del gas natural y en el primer productor mundial de petróleo. Por lo demás, EE. UU. supera a Rusia como productor de carbón suministrando el 6% del que se consume en el mundo.

Este nuevo escenario de los energéticos ha exacerbado la crisis que venía gestándose, porque a la escalada alcista que traían sus precios, alcanzando máximos históricos, se vino a sumar la incertidumbre de su aprovisionamiento, poniendo en riesgo la soberanía energética y de paso a la seguridad nacional, ahora en grave predicamento. En efecto, mientras que el precio del petróleo alcanzó en marzo de este año los US $118 el barril, que no se veía desde el año 2014, el del carbón superó los US $400 la tonelada para el mismo mes y el gas natural alcanzó un máximo de US $7.34 el millón de BTU.

Y es en estas circunstancias en las que, según la Agencia Internacional de Energía (AIE), se avizora “la mayor crisis de oferta en décadas”3, la UE y Gran Bretaña se ven compelidos a volver a encender las plantas de generación de energía térmica a carbón y gas que ya habían apagado para ser reemplazadas por fuentes no convencionales de energía renovables (FNCER), las cuales han resultado insuficientes para satisfacer la creciente demanda de energía. Ello ha significado un serio revés para la marcha de la Transición energética, en medio de una fragmentación y compartimentación de la globalización, la cual se ha visto intempestivamente reconfigurada. Concomitantemente, la atascada reactivación económica se ve seriamente comprometida, amenazada además por un fenómeno que no se daba desde la crisis de 1973, la estanflación.

La transición y la seguridad energética

El Secretario General de la ONU Antonio Guterres reaccionó advirtiendo que “el mundo avanza con los ojos cerrados hacia la catástrofe climática…esto es una locura. La adicción a los combustibles fósiles es una destrucción mutua asegurada…las medidas a corto plazo podrían crear una dependencia de los combustibles fósiles a largo plazo y cerrar la ventana a los 1.5 grados Celsius”4, el “objetivo general” de la cumbre climática de Glasgow (COP26) considerados como el umbral a partir del cual el Cambio climático podría llegar al punto de no retorno.

Según el profesor de la Universidad Javeriana en áreas de Cambio climático y energía Camilo Prieto, de no contarse con el suministro de gas “sin duda sin este energético los países tendrán que trasladarse a fuentes fósiles como el carbón, lo que hará imposible cumplir las metas del pacto de Glasgow para el clima. El conflicto de Ucrania no es sólo una tragedia humana, sino un potenciador de la crisis ambiental global”5, otra tragedia (¡!).

El testimonio de Svitlana krakovska, científica del clima, ucraniana e integrante del Grupo Intergubernamental de expertos sobre el Cambio climático de las Naciones Unidas, es patético: “empecé a pensar sobre los paralelos entre el cambio climático y esta guerra y me quedó claro que la raíz de estas dos amenazas a la humanidad se encuentra en los combustibles fósiles…la quema de petróleo, gas y carbón causan el calentamiento…Rusia, por su parte, vende estos recursos y utiliza el dinero para adquirir armas. Otros países dependen de esos combustibles fósiles y no se liberan de ellos. Estamos en una guerra por los combustibles fósiles. Es evidente que no podemos seguir viviendo así, pues terminaremos por destruir nuestra civilización”6.

De allí que, como lo plantea Leah Stokes, politóloga canadiense y experta en política medioambiental de la Universidad de California, “esta guerra es el motivo por el que necesitamos dejar de depender de los combustibles fósiles…descubrimos que, en la mayoría de los casos, las políticas que promueven las energías limpias se aprobaron durante crisis energéticas”7. Esto fue lo que sucedió a raíz de la crisis energética de 1973, gracias a la cual se incorporó el gas natural a la matriz energética y el carbón, que había sido desplazado por el petróleo, recobró su importancia y empezó a vivir su segunda juventud8. Como lo manifestó la secretaria de Energía de EE. UU. Jennifer Granholm, es imperativo “estabilizar el mercado mundial de energía y en última instancia, acabar con nuestra dependencia de las naciones que utilizan los combustibles fósiles como arma”9. Lo dijo sin dubitaciones ni rodeos.

Así las cosas, aunque por fuerza de las circunstancias Europa, especialmente, ha dado un paso atrás en su política de Transición energética, poniéndola en pausa, en la perspectiva de mediano y largo plazo esta es la única opción no sólo para enfrentar los desafíos que plantea el cambio climático sino en aras de reivindicar la soberanía energética y la seguridad nacional. Como afirma el redactor sénior en Tecnología del diario El Espectador Santiago La Rotta, “este doble ritmo entre el ahora y el futuro responde no sólo a la necesidad de poder seguir ofreciendo medios para que la gente prenda las luces esta noche o se caliente el próximo invierno, sino que lo puede hacer sin tener que entregar un riñón”10.

A juicio de la firma de financiamiento de iniciativas sostenibles Generation Investment Managemen, de la cual hace parte el ex vicepresidente de EE. UU. y líder ambiental Al Gore, “esta guerra provee más evidencia de porque no hay tiempo para perder en hacer la Transición de combustibles fósiles hacia un futuro más limpio”11. Razón potísima para augurar que lejos de significar un retroceso para la Transición energética, la crisis actual y los cambios en la geopolítica terminarán por catapultarla. De ello se sigue que el aplanamiento de la curva de demanda por petróleo que, según la AIE, se daría a partir del 2030, se va a anticipar, lo cual repercutirá también en la tendencia de los precios del crudo hoy al alza, revirtiéndose y descolgándose su cotización. De modo que los precios exorbitantes del petróleo y el carbón que se registran en la actual coyuntura muy pronto serán la pesadilla del pasado.

En el entretanto la AIE, los EE. UU. y la Comisión Europea han venido tomando medidas tendientes a paliar el impacto y los efectos colaterales de esta crisis. La primera de ellas la tomó la AIE a comienzos del mes de marzo al liberar unos 63 millones de barriles de petróleo de sus reservas estratégicas, equivalentes a 2 millones de barriles/día durante 30 días. La misma fue seguida por la orden ejecutiva de Biden, en el mismo mes de marzo de liberar 180 millones de barriles de sus propias reservas estratégicas. Esta medida buscaba además contener la presión alcista de los precios de los combustibles en los EE. UU. que había elevado hasta los US $5 el galón de gasolina, superando ampliamente la barrera de los US $4.11 que había alcanzado en julio de 2008, en momentos en los que el barril de crudo se cotizaba al máximo histórico de los US $145.29 el barril.

Adicionalmente, EE. UU. ha dispuesto incrementar en un 68% las exportaciones de gas natural licuado a la UE, lo cual supone la entrega de 15.000 millones de metros cúbicos en lo que resta del año, previendo el cierre de la válvula del gasoducto proveniente de Rusia. También se está propendiendo por mejorar la eficiencia energética, uno de los componentes claves de la Transición, adoptando tecnologías tales como los termostatos inteligentes. Ordenó, además, incrementar la mezcla de etanol con la gasolina del 10% al 15% y reducir así el consumo de la gasolina, uno de los derivados del petróleo. En esa misma dirección va la recomendación de la AIE de reducir los límites de velocidad en las vías y autopistas, así como también limitar el uso de los vehículos e incentivar la virtualidad laboral en procura de reducir los desplazamientos y con ello la circulación de coches. Estas medidas, tomadas al socaire de la confrontación bélica, llegaron para quedarse y son la muestra palpable de la aceleración de la Transición energética impulsada por la crisis.

En conclusión, el mundo se encamina hacia una nueva normalidad y hacia un nuevo orden económico mundial signado por el conflicto, cuyas consecuencias se pueden prolongar en el tiempo. El mundo no volverá a ser el mismo después de la pandemia del Covid-19 y de la repudiable y repudiada invasión rusa a Ucrania. Entre tanto la lucha contra el cambio climático no debe dar tregua y la Transición energética desde las energías de origen fósil hacia las renovables no tendrá reversa. ¡La turbulencia causada por la conflagración en Ucrania, que amenaza con extenderse, no puede llevar a perder el foco!

Edición 777 – Semana del 14 al 20 de mayo de 2022

1 Amylkar D. Acosta M. La tormenta perfecta. Octubre, 8 de 2021.

2 Amylkar D. Acosta M. Petróleo. Crisis energética. 1979.

3 El Espectador. Marzo, 24 de 2022.

4 www.dw.com. Marzo 21 de 2022.

5 El Espectador. Marzo, 28 de 2022.

6 El Espectador. Marzo, 27 de 2022.

7 El Espectador. Marzo, 27 de 2022.

8 Amylkar D. Acosta. El carbón y su segunda juventud. Litografía Núñez – Talleres UTEC. Noviembre, 3 de 1995.

9 Vanguardia. Barcelona. Marzo, 25 de 2022.

10 El Espectador. Marzo, 28 de 2022.

11 El Espectador. Marzo, 28 de 2022.

   
 
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