De putazos y otros males

 
 
 

Durante el desarrollo de la campaña presidencial las vulgaridades han aparecido en el ambiente, enrareciéndolo, al tiempo que evitan la discusión argumentada de las diferencias y de las ideas. Si bien los putazos pueden ser agentes contaminantes del diálogo civilizado, en ocasiones sirven como último recurso ante prácticas criminales de quienes por largo tiempo vienen usando el poder…

 
Germán Ayala Osorio
 
Comunicador social-periodista y politólogo
 
 

Como animal cultural, el ser humano tiene la capacidad de crear y recrear realidades. Y para hacerlo, apela al lenguaje y a los usos particulares de la lengua. He aquí el gran poder para explicarnos el mundo, matizar conductas, esconder intenciones y disimular la siempre aviesa condición humana.

En los usos del lenguaje, las groserías o los “putazos” como tituló su columna Claudia Morales, suelen valorarse negativamente desde una estética más cercana a la moral religiosa o a las de las “buenas costumbres”, asociadas estas a una élite dominante, de la que se supone y se espera que logre proscribir el uso de las malas palabras por cuenta del lugar que la sociedad les reconoció o el que usurparon porque en momentos precisos de la historia tuvieron los instrumentos y la oportunidad para imponerse como minoría y faro moral de una nación en ciernes. Dice Morales que “en Colombia, hablar y escribir a “los putazos” se volvió una práctica común. Entre algunas audiencias el lenguaje vulgar, ofensivo, grosero y vacío es visto como gracioso o como la muestra de un carácter fuerte y de valentía”.

Durante el desarrollo de la campaña presidencial las vulgaridades han aparecido en el ambiente, enrareciéndolo, al tiempo que evitan la discusión argumentada de las diferencias y de las ideas. Si bien los putazos pueden ser agentes contaminantes del diálogo civilizado, en ocasiones sirven como último recurso ante prácticas criminales de quienes por largo tiempo vienen usando el poder social, político y económico para extender los privilegios de una reducida élite, en contravía de los derechos de las grandes mayorías. Y en eso, Colombia es uno de los mejores ejemplos en el mundo.

En las críticas a los malhablados aparecen todo tipo de valoraciones. De la misma manera como se justifican inmunidades y prerrogativas por venir atadas a las sempiternas estirpes violentas, se acepta el uso de los madrazos y la descalificación de los otros, siempre y cuando quienes así lo hacen, pertenezcan a la élite dominante. No es lo mismo, entonces, el madrazo de aquel ciudadano del común que reclama airado por la violación de sus derechos, que el que expresa un hijo o hija de una casta tradicional, molesto porque un policial lo requiere para una requisa o porque se sintió intimidado por un subalterno.

En la crítica al uso cotidiano de las “malas palabras” no solo podemos apelar a la evaluación estética (más de tipo sonoro), sino a un examen ético de la conducta de quienes apelando a los madrazos, desean exponer la rabia que les produce, justamente, la extensión en el tiempo de privilegios de clase que siempre van de la mano de la conculcación de los derechos, individuales y colectivos, de los grupos de dominados o llamados también subalternos. Es decir, quedarnos en la lectura moralizante de quienes apelan a las palabrotas para que el resto de la sociedad escuche sus denuncias y el malestar frente al régimen de poder, no puede servir para ocultar lo que dos, tres o cuatro familias en Colombia vienen haciendo con el Estado, la naturaleza, la constitución y las normas: para el caso del primero, privatizándolo para su beneficio, para el caso de la segunda, sometiéndola hasta poner en riesgo la capacidad de resiliencia de los ecosistemas; y en lo que toca al texto constitucional y sus desarrollos, violándolas sin temor alguno, porque estas se acomodan a los designios casi divinos que acompañan a los miembros de esos linajes.

En esa misma intención evaluativa de los usos vulgares (particulares) de la lengua, lo que debemos reprochar con fuerza es la falta de argumentos y las dificultades para articular un discurso coherente, basado en la lectura de libros, en la comprensión de la historia o, en el no siempre común, sentido común.

Por ejemplo, las vulgaridades a las que apela el candidato presidencial del régimen de poder, Rodolfo Hernández Suárez están atadas ética-estéticamente al desprecio de esos otros que fueron sus interlocutores. La frase “le pego su tiro malparido” recoge no solo el carácter impulsivo y violento del octogenario político, sino su intención manifiesta de subvalorar la vida de quien recibió la amenaza. Que los medios hayan convertido en un chiste los usos particularmente violentos que de la lengua hace Rodolfo Hernández, no es óbice para advertir que detrás de esa expresión hay una ética-estética que se mueve entre la subvaloración de la vida de los interlocutores víctimas del exalcalde de Bucaramanga y el deleite que produce en una sociedad que se acostumbró a ver por televisión la violación de los derechos humanos, la desaparición de ciudadanos y ciudadanas y los crímenes del Estado, mal llamados falsos positivos.

De la misma manera, las ya populares expresiones de Álvaro Uribe Vélez, “donde lo vea le doy en la cara marica” y “que soldados y policías usen sus armas para defenderse”, gravitan en el mismo sentido de las expresadas por el candidato presidencial Rodolfo Hernández.

Entonces, poner el foco de la crítica en los madrazos y los “hijueputazos” no nos debe llevar a desconocer que las decisiones de política económica, el mismo modelo de desarrollo agro extractivo y las acciones cotidianas de los miembros de la élite dominante no solo devienen más violentas que las palabrotas comúnmente usadas en redes sociales, sino que constituyen el origen de la rabia y la desazón que hoy expresan las grandes mayorías en el país. Educar en las “buenas costumbres” es importante, como también lo es formar en pensamiento crítico y capacidad discursiva a las grandes mayorías. Pero quizás es más trascendental para el país que quienes guían los destinos del actual régimen de poder, dejen de conculcar los derechos de las grandes mayorías, con el objetivo de extender sus privilegios de clase.

Edición 780 – Semana del 4 al 10 de junio de 2022
   
 
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