El espectáculo deportivo, el entusiasmo vacío y la uniformidad de las masas

 
 
 

Desde la reflexión crítica y rescatando la auténtica cultura y la historia del goce y del entusiasmo deportivo, deberíamos ejercer serios procesos de cuestionamiento que nos lleven a rescatar los principios básicos, los originales valores y los fundamentos de los quehaceres artísticos y deportivos.

 
Julio César Carrión Castro
 
Politólogo – Universidad del Tolima
 
 

Un acercamiento a la particular psicología del “hincha”

Stefan Zweig, en su obra “El mundo insomne: Ideas, ciudades y paisajes de la vida contemporánea”, de 1914, escribía, tratando de adentrarse y esclarecer las pistas y señales de la génesis de unas sociedades comprometidas principalmente con la diversión, la distracción y el entretenimiento de las grandes masas populares, llevando hacia una irreversible “monotonización del mundo” en que, pronto, nos veríamos hundidos. Decía que, “todo se torna uniforme en las manifestaciones de la vida exterior, todo se nivela según un esquema de cultura estandarizada… Podrían aducirse, centenares de síntomas. Me limito a indicar algunos de los más conocidos…”. Y a continuación presenta varias actividades, prácticas, usos y costumbres que, a su parecer, buscaban materializar las más precarias satisfacciones individuales; intereses distractivos y compensatorios que, poco a poco, se fueron imponiendo, hasta caer casi toda la humanidad en un rutinario uniformismo gregario, en la más absurda monotonización de la vida, reduciéndonos a una sola visión del mundo que, irremediablemente, se establecería de una manera planetaria, global. Enumera el autor, como causales de dicha situación, cuestiones tan anodinas y corrientes como el baile, las modas, el deporte, los medios de transporte y los, para entonces, nacientes fenómenos tecnológicos como el cine y la radio.

Considera que todo ello se da como consecuencia inmediata de la presencia de los Estados Unidos en la Gran Guerra europea: “De Norteamérica viene esa espantosa ola de uniformidad que proporciona la misma cosa a cada individuo: en el cuerpo, el mismo overol; en la mano el mismo libro; entre los dedos la misma estilográfica; en los labios la misma conversación; y en lugar de los pies, el mismo automóvil…” Asumía que la generalizada “norteamericanización” del mundo, que la conquista y subordinación de Europa y del resto del planeta al naciente imperialismo, traería como resultado la irreparable pérdida de la autonomía y la individualidad y la conversión de los seres humanos en simples espectadores, entregados y supeditados a los vaivenes de las industrias del ocio, el entretenimiento y la idolatría de los héroes de la farándula, el deporte y en general de los espectáculos. Decía: “No; no tenemos ya esa fe ciega para creer que con asociaciones, libros y proclamas podría hacerse frente a un movimiento mundial de monstruosas proporciones y sofocarse aquel deseo impetuoso de monopolizarlo todo. Cualquier cosa que escribiera no sería más que una hoja de papel arrojada contra un huracán. De cuanto escribiésemos nada alcanzaría a los futbolistas y a los bailadores de shimmy, y si algo les alcanzara, no nos comprenderían ya”.

Esa “espantosa ola de uniformidad”, ese movimiento mundial de tan monstruosas proporciones, llevaría, inexorablemente, a la constitución de aquello que posteriormente el filósofo y cineasta Guy Debord, llamó “La sociedad del espectáculo”, un asunto referido al tema de la alienación generalizada de las masas, que ha llevado a que: “Toda la vida de las sociedades en que reinan las condiciones modernas de producción se anuncia como una inmensa acumulación de espectáculos. Todo lo que antes era vivido directamente se ha alejado en una representación…” a la que no se puede ya oponer nada, porque la realidad vivida es materialmente invadida por la contemplación y fetichización del espectáculo y la realidad surge en el espectáculo, y el espectáculo es real. Esta alienación recíproca es la esencia y el sostén de la sociedad existente...

Así las cosas, tratar de entender el sentido y la significación de estas sociedades del espectáculo, de la imposición de la teatralidad, la competitividad y el espectáculo –por ejemplo el del fútbol– en las sociedades contemporáneas, implica adentrarse en las características, analizadas por Freud en “La psicología de masas y el análisis del yo”; entender el paso de las antiguas formas de sujeción y sometimiento de las masas populares, por los grandes relatos, las religiones y los mitos fundacionales, han virado, han sido sustituidos por los espectáculos, y particularmente por el espectáculo del fútbol…

En el texto “Mi segunda piel”, Alejandro Villanueva y David Quitian, lo precisan: “…ninguna religión, por más del gusto del faraón Akenaton que solo veneraba como Dios al sol, ni la católica, ni tampoco la judía puede pasar sin referir lo abstracto a lo sensible de distintos modos, como en las inscripciones corporales del pueblo hebreo, o como el excesivo culto a los santos y a la iconografía en el Medioevo o en el Barroco posterior a la Contrarreforma. Las religiones protestantes, que se precian tanto de haber surgido contra el fetichismo de la transubstanciación, es decir, de la presencia real de Cristo en la hostia y en el vino, a la larga se convirtieron en los mayores fetichistas porque terminaron por hallar a Dios en el oro, como en el anagrama: in Go (l) we trust. Y todos, por la economía, devenimos fetichistas e idólatras pues cada moneda lleva una cara y una cruz y cualquier billete está signado por efigies. ¿Y cómo no habrían de retornar los mitos, la magia y los ídolos en esta contemporaneidad fascinante, llamada por un pensador agudo “la sociedad del espectáculo” y presentida por el gran poeta simbolista Mallarmé como hipnotizada por el cristal, es decir, el plasma de los televisores y de los computadores? Pues los ídolos y los mitos retornan en tres fenómenos de este acelerado interregno que denominan algunos posmodernos: el rock, las fiestas y el deporte y en él, como joya de la corona, el fútbol…”

En el año de 1951 se realizó en Argentina una película llamada “El hincha” teniendo como actor principal al conocido autor e intérprete de tangos Enrique Santos Discépolo. La película nos muestra como es la obsesiva conducta y el comportamiento cotidiano de un seguidor de un equipo de fútbol, comprometido hasta el fanatismo y el delirio, lo que le impide llevar unas relaciones familiares y sociales corrientes o “normales”, cautivo totalmente de cuanto acontece en torno de su “equipo del alma”. En realidad, estos sujetos están totalmente obnubilados por esa fantasía, reproduciendo y repitiendo, las condiciones semejantes de pasión y devoción sagrada, como la que cumplían los antiguos místicos y mártires, capaces incluso hasta de ofrendar la vida –como efectivamente lo hacen estos sujetos en las llamadas “barras bravas”, en las peleas callejeras contra los seguidores de otros equipos– por defender el etéreo “honor” de su equipo y su divisa.

El término “hincha” para denominar al simpatizante activo de un equipo de fútbol, es una creación uruguaya de comienzos del siglo XX. Se originó a raíz de los fuertes gritos de apoyo a su equipo, el Nacional de Montevideo, que daba Prudencio Miguel Reyes, un talabartero uruguayo, cuya tarea era hinchar “a puro pulmón” la pelota del club, es decir, “el hincha pelotas” o simplemente “el hincha” del club. El término pasó luego a designar a quienes expresaban ruidosamente su apoyo a los equipos de fútbol, extendiéndose al resto de los países de habla hispana, y también a otros deportes. – Tomado de Wikipedia.

Ante la situación suscitada, tanto por la inconsolable pesadumbre, de los “hinchas” de un equipo como el Deportes Tolima, tantas veces finalista y tantas veces perdedor de la contienda final, pero también tratando de presentar un intento de explicación a los terribles y desagradables enfrentamientos entre los seguidores o “hinchas” con sus desmanes y atentados contra personas ajenas e incluso, hasta causar la muerte de algunos de estos fanáticos en unos sangrientos rituales que combinan grotescamente la fiesta y la alegría, con la tristeza, la pesadumbre y el homicidio, quiero presentar esta reflexión del Maestro Estanislao Zuleta acerca de los intereses compensatorios, distractivos y vacíos, que alejan a los sectores populares de los intereses emancipatorios, de los ideales colectivos de solidaridad y rebeldía, que antaño les acompañara, provocándoles sustitutivamente el conformismo, la satisfacción con el statu quo, así como al entusiasmo insensato por asuntos insignificantes y banales, como esos pequeños (pero mediáticamente presentados como grandiosos y “mundiales”) eventos deportivos o faranduleros.

Entusiasmo vacío que causa en las masas una gran angustia y depresión, que constituye, en estas sociedades del espectáculo y la manipulación, un elemento clave para comprensión sociopolítica de la decadencia de este modelo de sociedades asimbólicas, que han reducido a los seres humanos, peor que las antiguas religiones, a la simple condición de “rebaños”.

En contraste, Zuleta señala las enormes posibilidades que encarna la dimensión estética, y en general el arte y los artistas, en la confrontación al capitalismo tardío que aún soportamos...

Como argumento aclaratorio central del tema que venimos tratando, quiero presentar este fragmento de la entrevista que Estanislao Zuleta diera al profesor Ramón Pérez Mantilla en el año de 1983, titulada “Sobre la novedad del pensamiento marxista”, manifestaba:

…En esta sociedad es extraordinariamente difícil encontrarle un sentido a la vida para cualquier grupo, un sentido a la vida y por lo tanto un sentido a la muerte, la sociedad capitalista produce y genera en todos los grupos sociales y en todas las esferas la depresión. Las formas de combate contra la depresión son peores que la depresión misma. Por ejemplo, el entusiasmo insensato del hombre que ya no tiene nada por qué luchar, se vuelve partidario del América, del Cali o del Millonarios, una causa completamente imaginaria, una causa a la que él no puede aportar nada con sus esfuerzos y que, por lo tanto, no lo pone en cuestión. Porque el entusiasmo militante por una causa real lo pone a uno en cuestión y le produce angustia. ¿Quién soy yo ante esta tarea? Pero eso no es ninguna tarea, si ganó un ciclista u otro, eso no es ninguna tarea. El capitalismo multiplica al tiempo las dos cosas, la depresión y el entusiasmo vacío.

Además, si el América gana o gana el Cali, a mí no me pasa nada, en cambio si pierde la causa en la que yo me he comprometido, para mí es gravísimo y si gana puede transformarse mi vida. Pero el entusiasmo vacío es lo que el capitalismo está produciendo de la manera más loca en la juventud. Tómenlo como quieran, la lucha contra la depresión se puede llamar marihuana, alcohol, fútbol, nacionalismo, incluso trabajo. La defensa es obsesiva, de estar, de ganarle al otro, competitividad. Pero es el entusiasmo vacío lo que está dominándonos como una forma de lucha contra la depresión fundamental que genera el modo de vida capitalista. Eso lo debemos tener muy claro. ¿Por qué el proletariado colombiano lee las páginas rojas donde hay crímenes y las páginas de fútbol de los periódicos? No lee nada más, no necesitamos encuestas, eso lo sabemos todos.

Pongámosle bolas a este punto, a este problema: el ataque que debemos hacerle al capitalismo es un ataque global que lo debemos hacer con todas las armas que poseemos, con el psicoanálisis, con la lingüística, etc. Algunos norteamericanos han dicho que el problema más grave de Norteamérica es que la sociedad norteamericana es asimbólica, es decir, que solo tiene en cuenta lo denotativo y no lo que connota y lo que podría significar algo simbólicamente, sino lo que denota: me van a pagar tanto, y yo voy a ir a tal parte y a tal hora.

Qué es una sociedad asimbólica, es decir, que la lingüística misma se levanta contra el capitalismo, como se levanta el psicoanálisis, como se levanta el arte. El marxismo es un elemento esencial de la lucha contra el capitalismo, pero no es más que un elemento y el marxismo no cerró con su dogmatismo y con su teoría de la infraestructura y de las luchas de clases a todo lo que se ha creado contra el capitalismo.

Tenemos que hacer una inmensa revisión, por ejemplo, con perdón de sus bellos libros sobre “Historia y conciencia de clases”, al camarada Lukács. El camarada Lukács se mantuvo dentro de unos puntos que verdaderamente son una tragedia estalinista como el oponerse a Kafka a nombre de Thomas Mann. Es una tragedia estalinista, no importa quién sea el artista, el arte en sí es anticapitalista. No importa tampoco qué piense el artista, esa era la idea de Marx, quien decía que había aprendido más en Balzac que en todos los economistas e historiadores franceses juntos. Y él sabía por el prólogo que Balzac era godo, monárquico partidario de la Iglesia católica.
(Cfr. Revista Nueva Crítica. Bogotá, Marzo/mayo de 1983)

Frente a la atrayente solemnidad de los espectáculos, frente a esos procesos identitarios que cautivan y hechizan a las masas, frente a la ferviente devoción que despiertan estos héroes e ídolos mediáticamente impuestos, así como esos valores vacíos que promueven, las impetuosas multitudes de nuevos “creyentes”, reducidos simplemente a expresar admiración y a aplaudir a estos modernos bufones de la entretención. Desde la reflexión crítica y rescatando la auténtica cultura y la historia del goce y del entusiasmo deportivo, deberíamos ejercer serios procesos de cuestionamiento que nos lleven a rescatar los principios básicos, los originales valores y los fundamentos de los quehaceres artísticos y deportivos.

Quizá repitiendo y tratando de llevar a las cotidianas prácticas, la diversión, más que la competitividad, como fundamento central del quehacer de deportistas y de hinchas, en especial en el hermoso espectáculo del fútbol; sin permitir que se convierta en un banal cliché, rescatar esa visión infantil del deporte que el escritor uruguayo Eduardo Galeano, un gran amante del fútbol, nos recuerda al decir que los niños, al retornar de sus prácticas deportivas cantaban felices: “Ganamos perdimos, igual nos divertimos”.

Edición 784 – Semana del 2 al 8 de julio de 2022
   
 
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