El color y la alegría
de la mano de Francia y Petro

 
 
 

Comparsas, grupos musicales, artistas populares y demás expresiones del arte, se apostaron en las calles, se apoderaron de las plazas públicas del país y festejaron, de manera genuina y autentica, la llegada a la Presidencia y Vicepresidencia, por primera vez en la historia larga y pesada de Colombia, de Gustavo Petro y Francia Márquez. Imposible no participar.

 
Diana Sánchez Lara
 
Directora Asociación MINGA
 
 

Dije en un trino el día de la posesión del Presidente Gustavo Petro y la Vicepresidenta Francia Márquez, que la inmensa expectativa que tenía el pueblo colombiano en el gobierno del Pacto Histórico no dependía sólo de las promesas de campaña, también respondían al inmenso déficit de democracia, derechos humanos y paz que tiene Colombia. Un déficit acumulado de años y años de gobiernos representativos de las clases políticas elitistas, excluyentes, clasistas, racistas y corruptas. Son décadas donde la inmensa mayoría de comunidades estuvieron por fuera de los presupuestos participativos y de inversión social; donde sólo contaron como cifras para utilizarlas en campañas electorales y prometer cambios que nunca llegaron. Nuestro país carga una historia triste donde la participación de las comunidades se limitó al engaño de ir a votar cada cuatro años por los mismos gamonales, clientelistas y politiqueros de siempre, que luego de ser elegidos se dedicaban a contratar el erario del Estado con sus amigos y familiares; quienes, además, no realizaban las obras o, si lo hacían, los sobre costos eran interminables y muy precaria la ejecución.

Pero en cambio, esas mismas poblaciones sí han sido, lamentablemente, parte de las estadísticas de la violencia estructural, cultural y directa de los territorios más olvidados del país. Esa violencia que la clase política tradicional dejó crecer hasta convertirse en endémica e histórica, e inclusive, de pensarse que ese fenómeno es connatural al ser colombiano y por tanto, insuperable. También nos han hecho creer que la miseria de tantos pueblos campesinos, indígenas y afros son una condición perenne, y que el Estado es incapaz de sacarlos de esas condiciones; pero en cambio, sí era posible multiplicar ininterrumpidamente, cada año, presupuestos millonarios para llegar a ellos a través de la militarización, la represión y la criminalización de sus comunidades.

Pues bien, como dice el refrán “no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista”, las élites gubernamentales, acostumbradas a vivir de las rentas del Estado y la exclusión de las mayorías, no calcularon, que los pueblos tienen memoria, historia y rebeldía, y sobre todo, dignidad. Entonces, esos acumulados de indignación y conciencia política se fueron amasando con los años, y como el mejor pan de masa madre, vio la luz en los años recientes. Claro, con dos buenos condimentos: el Acuerdo de Paz de 2016 que generó la esperanza de empezar a cerrar los diques de la violencia, y el perverso gobierno de Iván Duque que echó todo a perder, quien además de destrozar el acuerdo de paz, maltrató aún más a la población con el manejo de la pandemia a favor de los suyos y en detrimento de la mayoría de la población. Resultado, el estallido social del 2021, que, sin duda, terminó de adobar el contexto que hoy vive Colombia.

Tampoco imaginaban los hombres y mujeres acostumbradas a ostentar el poder político y económico del país, que ya los ojos humildes, pero también los de la clase media, estudiantes, intelectuales, artistas, feministas, académicos y muchísimas más personas veían otras posibilidades para Colombia. Entonces las plazas públicas empezaron a llenarse, de cuando en cuando, de ríos de gentes alegres, coloridas, bullosas, expectantes, cargadas de folklor y llenas de esperanza cuando eran convocadas por uno de los líderes más destacados de la historia de Colombia, quien, además, lleva más de 25 años enfrentando todo tipo de ataques, campañas sucias y demás agresiones por parte de ese establecimiento que nunca dejó de verlo como un “guerrillero”. Pero a estas jacarandosas multitudes se les adicionó otro ingrediente: el rostro femenino y negro, de sonrisa amplia y blanca, de carcajada fácil y sabor en el acento y colores en el cuerpo, con su estribillo “vamos pueblo carajo, el pueblo no se rinde carajo”, que innegablemente le subió el tono, la festividad y la simbología de esos pueblos alegres y luchadores, pero segregados del Estado.

De esa manera se fue llegando a un contexto incontrolable para los políticos de siempre, pues no valieron la acostumbrada compra de votos, ni la utilización de contratos del Estado para amarrar conciencias, ni el pago de buses, lanchas y todo tipo de transporte para que las comunidades fueran a votar por los mismos. Tampoco los artilugios del registrador en las jornadas electorales para quitar y poner votos. Toda esa memoria colectiva decidió por sus propios medios salir a participar, no importaba cuán lejos quedaban los puestos electorales, ni las horas en canoa, en mulas, a pie o en moto para llegar, ni las filas eternas para votar. Así, las elecciones del 13 de marzo y 29 de mayo se convirtieron en el preludio de lo que acontecería el 19 junio, pero mucho más, el 7 de agosto de 2022.

Por eso, ver los ríos de hombres y mujeres, con sus familias completas, vecinos y vecinas en caravanas, la muchachada con sus parches marchando hacia la Plaza de Bolívar de Bogotá para participar, por primera vez en la historia del país, de la posesión de un hombre que representa los intereses de las clases populares, lo cual ha demostrado durante los 30 años de ejercicio político legal y constitucional; pero también de una mujer nacida en el seno de una familia negra, racializada, afectada por la violencia y la exclusión social, preparada intelectualmente en las luchas sociales, pero complementada en la academia, no daba para menos.

Comparsas, grupos musicales, artistas populares y demás expresiones del arte, se apostaron en las calles, se apoderaron de las plazas públicas del país y festejaron, de manera genuina y autentica, la llegada a la Presidencia y Vicepresidencia, por primera vez en la historia larga y pesada de Colombia, de Gustavo Petro y Francia Márquez. Imposible no participar.

Para quienes estuvimos allí, esperando ese momento histórico, reivindicativo de tantos años acumulados de espera y espera de una oportunidad para las poblaciones marginadas de Colombia, fue común escuchar a los vecinos de la tarde soleada del 7 de agosto, decir, vengo de Nariño, de Tumaco, viajé por río y por tierra para llegar a ver a mi presidente; o venimos del Chocó, de Istmina; pero también del Urabá antioqueño. Otras mujeres felices, del Bajo Putumayo no paraban de hablar y reír; los campesinos con sus guardias del Catatumbo; los indígenas Nasa del Cauca con sus banderas verdes y rojas, y así, miles de hombres y mujeres, que con esfuerzo propio y natural, sin que llegara a ser sacrificio, viajaron horas y días para no perderse el acontecimiento de la historia, ese que les devolvió la esperanza, la alegría y la razón de vivir en un país que su Constitución política habla de la multiculturalidad y lo pluriétnico, y sobre todo, del derecho a vivir en paz.

Seguramente no todo se logrará en estos cuatro años, pero ya algo cambió en la historia de los sectores populares de Colombia: saben que ellos sí existen, que sus derechos pueden ser realizables, que la violencia no es una condena para siempre y que sus hijos sí tienen el valor de todo ciudadano y ciudadana, que sus vidas pueden trascender sus tristezas y que los “Nadies” hoy tienen la palabra.

Edición 790 – Semana del 13 al 19 de agosto de 2022
   
 
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