Por una audaz avanzada ideológica

 
 
 

Si la opción más romántica y menos aplaudida para hacer cambios radicales es descartada e incluso cuestionada por la mayoritaria opinión pública, la alternativa pintada de conciliación y legalidad institucional, a lo sumo debería enarbolar banderas consecuentes a los principios del verdadero poder popular (la democracia).

 
Óscar Amaury Ardila Guevara
 
Abogado, colaborador Semanario Virtual Caja de Herramientas
 
 

A la luz del nuevo siglo, la doctrina capitalista ha estado luchando desesperadamente por tratar de mantenerse vigente en la arena de lo público, utilizando todos los recursos económicos, mediáticos y políticos, para hacerle creer a los pueblos, que su modo de sociedad es la diosa panacea omnipotente y necesaria para el mundo; igual que la serpiente herida de muerte, el venenoso neoliberalismo se rebusca arrestos, intentando inútilmente estrangular a su contradictor, que para el caso y en estos críticos momentos, no deja de ser la mejor teoría científica, económica y política, que la intelectualidad haya revelado en el pasado reciente: el Socialismo; distintivo modelo comunitario, que procura la igualdad política, económica y social, como el deber ser de la razón humana. Durante el siglo XX, las dinámicas internas de las naciones estuvieron interpeladas por procesos revolucionarios que abogaban por transformaciones totales de sociedades inequitativas, hacia los postulados teóricos de la filosofía política moderna. En todos los continentes, variopintas fueron las manifestaciones contestatarias al establecimiento, como muestra de sus identidades ideológicas con las nuevas banderas populares blandidas por cambiar sus penosas realidades; desde planteamientos académicos deliberados, pasando por la agitadora organización de masas hasta las estructuras insurrectas liberadoras, se han postulado como fuentes alternativas del conocimiento y la verdad, hacia la evolución de la sociedad. Aunque el concepto genérico de evolución representa en sí mismo determinadas condiciones que dan origen a una forma nueva de algún objeto o alguna cosa, cuando el sistema capitalista califica la noción “revolución”, muestra su infame intencionalidad alarmista y despreciativa: sedición, motín, asonada, terrorismo, vandalismo, etc. Dado su parentesco gramatical entre estos dos términos, no deja dudas sobre su misma simbología y su contenido hondamente redentor: la expresión venida del latín “evolución” que en su conjugación quiere decir “dar vueltas hacia fuera”, redime sin ambages las virtudes del concepto “revolución”, como significado del cambio social fundamental en “una vuelta”, que requieren las estructuras del poder. Conscientes de los nuevos epifenómenos que la sociedad va construyendo a través del tiempo para el logro de sus fines y su desarrollo integral, en las acciones posmodernas de la política se vienen dando formas alternativas de evolucionar y relievar su incidencia; hoy día, bajo las consignas de los derechos humanos, la paz, la convivencia entre otras, se asume que la transformación de la sociedad, debería reglarse por procesos graduales, paulatinos, que serían observables solo con el tiempo. Independiente de los altruistas medios que los porfiados quijotes esgriman para darle vuelta al sistema, siempre será la claridad ideológica lo que permitirá asentar la piedra angular del futuro, hacia la construcción de una sociedad distinta a los privilegios y la competencia.

En la actualidad, pareciera que esa icónica imagen de la entrada victoriosa de los ejércitos rebeldes a los centros del poder hegemónico tradicional se escurre entre las manos de la historia. Las marciales gestas libertarias de los pueblos van mudando a los anaqueles y a las bibliotecas, como hechos de consulta, más para la nostalgia que para la inspiración. Solo crisis económicas profundas y graves recesiones comerciales e industriales de las grandes corporaciones financieras en el mundo, abonarían algún campo para que resurjan masivamente impetuosas luchas por la toma del poder. Así como lo fue el momento glorioso a finales de 1958 en Cuba, cuando las milicias comandadas por Fidel Castro y el Che Guevara junto al movimiento 26 de Julio, iniciaban la insurrección contra la dictadura de Batista; con los avatares de un proceso en construcción, se fueron delineando allí los postulados de defensa de la independencia, la soberanía y la dignidad de los pueblos, en lo que fue la primera revolución del continente. Para regocijo del anticapitalismo y el anti-imperialismo mundial, a partir del 1 de enero de 1959 hasta la fecha, el poder ha estado ejercido por la flamante bandera del Socialismo. Por su parte, la Revolución Nicaragüense, conducida por el Frente Sandinista de Liberación Nacional entre 1979 y 1990, ponía fin a la dictadura de la familia Somoza; la “Ofensiva Final” y la huelga general de 1979, permitieron que las columnas guerrilleras del FSLN con un amplio respaldo popular y una alianza partidaria nacionalista, entraran a Managua para dirigir un nuevo gobierno. Con una nueva estrategia de las fuerzas de izquierda para acceder al poder político dentro de los países dependientes del imperio del norte, fue esgrimida la vía de la democracia representativa institucional, como canal alternativo para ejercer gobiernos; en Latinoamérica, dados los acumulados políticos de resistencia de los pueblos desde los periodos de invasión colonial, hasta las luchas recientes de liberación nacional, se facilitó la implementación del llamado “socialismo del siglo XXI”, llevando a las sillas presidenciales republicanas a líderes sociales en Venezuela, Ecuador, Bolivia, Brasil, Argentina, Chile, Uruguay; unos con mayores virtudes que otros (as), estas presencias ciudadanas han sido asequibles acciones políticas desde lo popular, allanadas en la difusa y maleable “sociedad civil”.

Independientemente de las vías escogidas para hacer frente a los desbarajustes generales del sistema capitalista, es prioritario redoblar avanzadas ideológicas, que permitan las claridades suficientes de las comunidades, respecto de las causas políticas y económicas que distancian la acumulación material de unos y la pobreza de las mayorías; que establezca la relación directa que existe entre el modo de producción neoliberal y la destrucción de los bienes naturales en el planeta; que cuestione sin cortapisas la constitución de países al servicio de la empresa privada, supuestamente abanderados del “Estado Social de Derecho”; que rechace eficazmente las estructuras sociales que moldean la opinión conformista del clasismo burgués. Aún en la obscura y horrible noche, no se puede cejar en la búsqueda de un mundo diferente donde “el Bien germine (a) ya”; uno que reivindique completa y masivamente los derechos humanos y no la exaltación de formas de vida elitistas e individualistas. Y para que todo eso ocurra, como parte de la evolución integral de las sociedades, necesariamente debemos asirnos de todos los medios a nuestro alcance, que permita que los basamentos ideológicos del pensamiento irrefutable, puedan ser llevados ampliamente al conocimiento público; quehaceres llenos de certeza, mediante las nuevas formas comunicativas o reinventando creativos métodos, que enaltezcan las expresiones culturales; recuperando la riqueza artística de la canción social y sus mensajes transformadores, redimiendo tesoros o disfrutando en vivo a Silvio Rodríguez, Calle Trece y otros destacados censores; en la mismísima primera línea y como soporte de la acción revolucionaria, rescatando la valía de todos los textos ilustres de autores clásicos y contemporáneos que su tinta enseña los retos de la historia y de los hombres. Una postura reformista, socialdemócrata, progresista no es “una vuelta” en la metamorfosis de las sociedades; es un sofisma de distracción altamente conveniente para el sistema, en tanto los pilares del capitalismo y los beneficios de la clase hegemónica y dominante del Estado, continuará con su plan económico progresivo para la acumulación, la ganancia privada y los lujos. Por razones indiscutibles, la rosa roja europeísta dista demasiado de las realidades del tercer mundo, en la pretendida redistribución económica del llamado estado de bienestar.

Si la opción más romántica y menos aplaudida para hacer cambios radicales es descartada e incluso cuestionada por la mayoritaria opinión pública, la alternativa pintada de conciliación y legalidad institucional, a lo sumo debería enarbolar banderas consecuentes a los principios del verdadero poder popular (la democracia). Ejemplos respetables como los gobiernos venezolano, boliviano o mexicano producto de estos ejercicios de la representatividad, enaltecen sin sonrojo los dignos valores del Socialismo; ojalá sin prejuicios y sin miedos en Colombia, aparezcan algunos valientes Quijotes, que, a contracorriente, enfrenten los molinos del arribista poder.

Edición 790 – Semana del 13 al 19 de agosto de 2022
   
 
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